ARISTÓTELES (384 a. C. – 322 a. C.)

Biografía

 

 

Aristóteles nació en Estagira, una ciudad de la península de Calcídica que en aquel tiempo era una colonia griega. Su nacimiento tuvo lugar en el año 384 o 383 a. C. Era hijo de Nicómaco, médico del rey macedonio Amintas III. Quedó huérfano siendo joven, y a los diecisiete años su tutor, Próxeno de Atarneo, lo envió a estudiar a Atenas. Ingresó entonces en la Academia de Platón, donde permaneció durante veinte años. Esta larga etapa junto a su maestro marcó profundamente su vida y su pensamiento. Desde entonces, muchos de los problemas que abordará estarán relacionados con las cuestiones planteadas por Platón.

Cuando Aristóteles entró en la Academia, los debates se centraban sobre todo en la teoría de las Ideas. También crecía el interés por los métodos científicos. Aunque Aristóteles no compartió la pasión de Platón por las matemáticas, sí heredó su preocupación por los problemas metafísicos. De esta etapa probablemente son sus primeras obras, conocidas como «exotéricas» o públicas. De ellas solo conservamos fragmentos. La mayoría tenían forma de diálogo y seguían el estilo platónico.

Una de ellas es el Eudemo, dedicada a la memoria de un joven discípulo de Platón que murió en el año 354 a. C. durante la campaña militar de Dión para reconquistar Siracusa. En este texto, Aristóteles defiende la inmortalidad del alma, entendida como una sustancia inmaterial e independiente del cuerpo. Otra obra de este periodo es el Protréptico, escrita en forma de carta y dirigida a Temisón, gobernante de Chipre. Es un texto que invita a la práctica de la filosofía y refleja el ideal educativo y político de la Academia. En este sentido, puede considerarse una guía para gobernantes que deben inspirarse en la contemplación de las Ideas.

También es posible que en esta época Aristóteles escribiera el diálogo Sobre la filosofía, aunque algunos autores lo sitúan más tarde. En él critica de forma directa la teoría de las Ideas, aunque seguía considerándose discípulo de Platón y continuó vinculado a la Academia. En esta obra, Aristóteles propone una forma de religión astral, similar a la que aparece en las Leyes de Platón: la contemplación de las Ideas es reemplazada por la contemplación de los astros, a los que considera como dioses. Esta idea se refleja en un pasaje muy simbólico del diálogo, donde reelabora el mito de la caverna. Aristóteles imagina a unos hombres que siempre han vivido bajo tierra, en habitaciones decoradas con estatuas y pinturas, rodeados de todo lo que normalmente se asocia con la felicidad. Nunca han visto el mundo exterior, pero han oído hablar de una presencia divina. Un día, la tierra se abre y pueden salir a la superficie. Allí descubren la tierra, el mar, el cielo, las nubes, el viento, el sol y las estrellas. Al contemplar estos fenómenos celestes, su reacción inmediata sería pensar que existen dioses, y que todos estos cuerpos celestes son obra suya.

La ruptura con la Academia

En el año 347 muere Platón, y Aristóteles decide abandonar la Academia. No se sabe con certeza por qué tomó esta decisión, pero es posible que se debiera a sus discrepancias con Espeusipo, sobrino de Platón y nuevo director de la Academia. Espeusipo había acentuado el carácter pitagórico de la escuela e identificaba las Ideas con los números matemáticos, lo que probablemente alejó a Aristóteles.

Después de dejar la Academia, Aristóteles y Jenócrates se trasladaron a Assos, una ciudad de Jonia, donde fundaron una nueva escuela filosófica. Ellos mismos la consideraban la auténtica heredera del pensamiento de Platón. En Assos, Aristóteles entabló una estrecha relación con Hermias, gobernante de la ciudad, con cuya hija adoptiva, Pitias, acabó casándose. Tuvieron una hija. Esta relación fue importante también en otro sentido: años después, Hermias fue capturado y ejecutado por los persas, lo que afectó profundamente a Aristóteles, quien le dedicó un himno en su memoria.

Tres años más tarde, por invitación de Teofrasto, se mudaron a Mitilene, en la isla de Lesbos. Teofrasto se convertiría más adelante en el principal discípulo y sucesor de Aristóteles. En estos cinco años, repartidos entre Assos y Mitilene, Aristóteles vivió una etapa de plena madurez intelectual, entre los 37 y los 42 años. En ese tiempo empezó a redactar sus cursos, conocidos como obras «esotéricas» o solo para iniciados.

Tutor de Alejandro Magno

En el año 343 o 342, el rey Filipo de Macedonia le pidió a Aristóteles que se encargara de la educación de su hijo Alejandro, que tenía entonces trece años. Aristóteles aceptó y ejerció como tutor durante unos siete u ocho años, en los que se forjó entre ellos una relación de afecto y respeto mutuo. Alejandro recibió de su maestro una formación amplia: filosofía, retórica, medicina, ciencias naturales y política. Esta influencia fue duradera: se cuenta que Alejandro llevaba siempre consigo un ejemplar de la Ilíada anotado por Aristóteles, y que años después, durante sus campañas militares por Asia, envió al Liceo especímenes de animales y plantas para las investigaciones científicas de su antiguo maestro.

En el año 340, Alejandro fue nombrado regente de Macedonia por la ausencia de su padre. A partir de ese momento, Aristóteles quedó libre de su función como tutor. Tras ello, logró que se reconstruyera su ciudad natal, Estagira, que había sido destruida precisamente por el ejército del rey Filipo años antes. Participó en su reorganización y redactó una nueva constitución para la ciudad. Permaneció allí hasta que regresó a Atenas.

Este fue un periodo muy productivo para Aristóteles, aunque ya no escribió más obras destinadas al gran público. Toda su actividad intelectual se desarrolló dentro del marco de su escuela, lo que dio lugar a la redacción de sus primeros cursos. En estos años escribió una gran parte de sus tratados de Lógica, su obra Física, la Ética a Eudemo, parte de su Política y al menos una parte de su Metafísica. No hay consenso entre los estudiosos sobre qué obras exactamente pertenecen a esta época. Sin embargo, está claro que el pensamiento de Aristóteles evolucionó de forma constante. En los cursos más antiguos de la Metafísica, cuando critica la teoría de las Ideas, aún se refiere a los platónicos diciendo «nosotros». En cambio, en el libro XIII de la misma obra, ya habla de «los platónicos» en tercera persona. El distanciamiento fue gradual, no una ruptura brusca.

El Liceo

En el año 336, Filipo de Macedonia fue asesinado y su hijo Alejandro ocupó el trono. Un año después, en 335, Alejandro logró dominar completamente Grecia. Aprovechando la estabilidad que esto trajo, Aristóteles regresó a Atenas. En ese momento, la Academia estaba dirigida por Jenócrates, antiguo compañero de Aristóteles. Sin embargo, bajo su liderazgo, la escuela había acentuado su carácter pitagórico y entraba en una etapa de decadencia. Por esa razón, Aristóteles se separó de manera definitiva de la Academia y fundó su propia escuela: el Liceo. Esta escuela recibió su nombre por estar cerca de un gimnasio dedicado al dios Apolo Licio. También se la conoció como el «Perípatos», que significa «paseo», y sus discípulos fueron llamados «peripatéticos», probablemente porque las clases se impartían paseando.

A diferencia de la Academia, que se había volcado en la especulación abstracta sobre Ideas y números, el Liceo se parecía mucho más a una universidad moderna dedicada a la investigación científica. Bajo la dirección de Aristóteles, sus discípulos trabajaban intensamente para recopilar datos y observaciones de todo tipo. En el ámbito histórico reunieron información sobre 158 constituciones de ciudades griegas, una lista de los vencedores en los Juegos Píticos, estudios sobre las costumbres de los pueblos bárbaros e investigaciones sobre la historia de la literatura griega. Teofrasto escribió una historia de la filosofía; Eudemo, una historia de las matemáticas; y Menón, una historia de la medicina. Pero quizás lo más notable fueron los estudios sobre historia natural y biología. Aunque en ellos aparecen errores, también contienen observaciones y descripciones que resultan sorprendentes incluso hoy.

Los estudios que Aristóteles desarrolló durante esta última etapa en Atenas han generado mucha discusión. Es probable que en este periodo escribiera la Ética a Nicómaco, así como Sobre el alma, los libros restantes de la Política, además de la Poética y la Retórica. Según algunos especialistas, en esta etapa Aristóteles abandonó definitivamente la metafísica para concentrarse solo en la investigación científica. Sin embargo, otros autores opinan que los libros más recientes de la Metafísica pertenecen también a esta etapa final. Según esta segunda interpretación, Aristóteles habría sido capaz de compaginar la reflexión metafísica con el trabajo empírico, lo que parece lo más probable.

El exilio y la muerte

En el año 323 murió Alejandro Magno. Su muerte provocó un fuerte movimiento antimacedónico en Atenas. Debido a su relación con Macedonia —había sido tutor de Alejandro y mantenía una estrecha amistad con Antípatro, uno de los principales regentes del imperio macedonio—, Aristóteles se sintió amenazado y decidió exiliarse en Calcis, una ciudad de la isla de Eubea, patria de su madre. Cuenta la tradición que, al partir, dijo que no quería dar a los atenienses la ocasión de pecar contra la filosofía por segunda vez, en clara alusión a la condena de Sócrates. Murió allí poco tiempo después, en el año 322 a. C., lejos de sus discípulos. Tras su muerte, fue Teofrasto quien asumió la dirección del Liceo.

La relación entre Aristóteles y Alejandro no fue siempre sencilla. Aunque les unía un afecto genuino, Aristóteles no compartía la visión universalista de su antiguo alumno. En sus obras políticas seguía defendiendo la superioridad de los griegos sobre los pueblos bárbaros, una posición que reflejaba los prejuicios habituales en la Grecia clásica y que contrastaba con la política de integración que Alejandro intentó llevar a cabo en su imperio.

Su influencia posterior

Hoy valoramos mucho el trabajo científico de Aristóteles. Sin embargo, para los griegos del siglo IV a. C., acostumbrados sobre todo al debate verbal y a la especulación abstracta, el estudio empírico de los animales parecía una actividad sin interés, incluso despreciable. Por eso Aristóteles, en la introducción de Sobre las partes de los animales, defiende con fuerza el valor del conocimiento basado en la observación. Aristóteles rechaza que debamos sentir desprecio o rechazo al estudiar a los animales más pequeños o menos vistosos. Todo lo que hay en la naturaleza es digno de admiración. Así lo ilustra con una anécdota sobre Heráclito: cuando unos visitantes lo encontraron calentándose en la cocina y dudaron en entrar, él les dijo que no tuvieran reparo, porque incluso en la cocina estaban presentes las divinidades. Del mismo modo, Aristóteles invita a estudiar sin prejuicios toda clase de seres vivos, porque cada uno, por humilde que sea, revela algo natural y bello.

La influencia de Aristóteles en la historia del pensamiento occidental fue inmensa y duradera. Durante toda la Edad Media fue la autoridad intelectual dominante en Europa. Los filósofos escolásticos lo llamaban simplemente «el Filósofo», con mayúscula, como si no hubiera otro. Su obra llegó a Europa en gran parte a través de los filósofos árabes, especialmente Averroes —conocido en Occidente como «el Comentador»— y Avicena, que tradujeron, estudiaron y enriquecieron su pensamiento durante los siglos IX al XII. Fue santo Tomás de Aquino quien en el siglo XIII integró definitivamente la filosofía aristotélica con la teología cristiana, dándole una influencia que se prolongó durante siglos.

En resumen, el proyecto filosófico de Aristóteles tiene un carácter claramente científico y enciclopédico. A diferencia de Platón, cuya filosofía nació del trauma político de ver condenar a Sócrates y fracasar en Sicilia, la de Aristóteles nació de una curiosidad intelectual más serena y sistemática: la curiosidad de quien quiere entender el mundo tal como es, no solo imaginar cómo debería ser. Esta diferencia de temperamento y de método es quizás la más profunda que separa a los dos grandes filósofos de la Antigüedad.

 

Basado en Tejedor Campomanes, C. (1986). Historia de la filosofía en su marco cultural (ed. COU). Madrid.

 

Obras

 

Mientras que de Platón conservamos sus obras destinadas al gran público, sus «diálogos», no han llegado hasta nosotros los contenidos de su enseñanza reservada en el interior de la Academia. Con Aristóteles ocurre justo lo contrario: se han perdido casi todas sus obras dirigidas al público general, las llamadas obras «exotéricas» —muchas de ellas también en forma de diálogo—, de las cuales solo quedan algunos fragmentos. En cambio, conservamos una parte considerable de sus obras «esotéricas», es decir, sus lecciones impartidas dentro del Liceo, dirigidas a sus discípulos.

Conviene tener presente qué tipo de textos son estas obras esotéricas: no son libros acabados y pulidos para su publicación, sino apuntes de clase, esquemas de lecciones y tratados breves pensados para uso interno de la escuela. Por eso su estilo es a veces seco, técnico y difícil, muy distinto a la elegancia literaria de los diálogos platónicos. Leer a Aristóteles exige un esfuerzo diferente al de leer a Platón: menos belleza narrativa, más densidad conceptual.

La transmisión de las obras

Aristóteles murió en el año 322 a. C., pero sus cursos no se publicaron hasta mucho más tarde, en torno al 60 a. C. Por ello, es bastante probable que durante siglos permanecieran prácticamente desconocidos. Esta circunstancia da lugar a una gran paradoja: el Aristóteles que conocemos hoy no es el mismo que conocieron sus contemporáneos.

La historia de la transmisión de sus escritos está rodeada de episodios en parte legendarios, pero que ilustran bien por qué sus obras tuvieron tan poca difusión durante tanto tiempo. Según la versión más extendida, los manuscritos fueron heredados por Teofrasto, sucesor de Aristóteles al frente del Liceo. A su muerte, pasaron a Neleo de Escepsis, quien los escondió en un sótano para evitar que los reyes de Pérgamo, grandes coleccionistas de libros, se los confiscaran. Allí permanecieron durante generaciones, deteriorándose por la humedad y los insectos, hasta que fueron redescubiertos y vendidos a un bibliófilo ateniense llamado Apelicón de Teos, que los llevó a Atenas. Tras la conquista romana de la ciudad, el general Sila se los llevó a Roma, donde finalmente pudieron ser estudiados y organizados.

Lo que sí parece seguro es que fue Andrónico de Rodas quien realizó la recopilación definitiva en torno al año 60 a. C. Andrónico se encontró con un conjunto desordenado de materiales: tratados breves pensados para los alumnos del Liceo y apuntes de clase. Ante esa situación, los agrupó y organizó en una edición que ha llegado hasta nosotros con la siguiente estructura:

  • Obras de lógica, conocidas como Organon (que significa «instrumento»). Incluyen: Categorías, Sobre la interpretación, Analíticos primeros, Analíticos segundos, Tópicos y Refutaciones sofísticas.
  • Tratados físicos, es decir, sobre la naturaleza: Física (ocho libros), Sobre el cielo, Sobre la generación y la corrupción, Meteorológicos, Sobre el alma, Historia de los animales, Sobre las partes de los animales, entre otros.
  • Metafísica, compuesta por catorce tratados que abordan lo que Aristóteles llamó la «filosofía primera». Andrónico los situó justo después de los tratados físicos, lo que dio origen a su nombre: meta ta physiká, «lo que viene después de la física». Fue un nombre surgido por azar editorial, no elegido por Aristóteles: él nunca llamó «metafísica» a esta disciplina, sino «filosofía primera» o «teología».
  • Tratados de ética y política, que incluyen la Ética a Eudemo, la Ética a Nicómaco y la Política. También suele incluirse la Gran moral (Magna Moralia), aunque la mayoría de los especialistas actuales la consideran obra de un discípulo y no del propio Aristóteles.
  • Obras sobre retórica y poética. La Poética que conservamos es solo el primer libro, dedicado a la tragedia. El segundo libro, dedicado a la comedia, se perdió. Su desaparición ha sido motivo de especulación a lo largo de los siglos: la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, gira precisamente en torno a ese libro perdido.

La clasificación del saber

Esta organización refleja bastante bien la clasificación del saber elaborada por el propio Aristóteles. Según él, existen tres grandes tipos de ciencias:

  • Teóricas: como las matemáticas, la física y la «teología». Con este último término Aristóteles no se refería a la religión, sino al estudio del ser supremo o motor inmóvil, es decir, a lo que él llamaba «filosofía primera».
  • Prácticas: como la ética, la política o la economía, cuyo objetivo no es solo conocer sino orientar la acción humana.
  • Poéticas: como la retórica, la poética o la medicina, cuyo objetivo es producir algo.

Consecuencias de la edición de Andrónico

La recopilación de Andrónico tuvo consecuencias importantes: consolidó la imagen de Aristóteles como un pensador sistemático, dueño de una filosofía acabada y completamente coherente. Sus obras se leen como si formaran un todo unificado y definitivo, escrito de forma casi simultánea. Mientras que Platón aparece como un pensador en constante evolución, que duda, se contradice y deja muchas ideas solo esbozadas, Aristóteles parece haber producido un sistema perfectamente cerrado, atemporal e inmutable. Por eso, durante siglos se lo consideró «el Filósofo» por excelencia.

Esta visión fue dominante en la Antigüedad, la Edad Media y la Modernidad. Solo a principios del siglo XX se rompió con ese paradigma, cuando se demostró que los fragmentos de las obras exotéricas revelan que Aristóteles pasó por una primera etapa profundamente influida por Platón, y que solo progresivamente fue elaborando su pensamiento propio. Además, se descubrió que la recopilación de Andrónico agrupa bajo un mismo título tratados escritos en épocas distintas, con contenidos que a veces no coinciden entre sí.

Gracias a estos descubrimientos, la imagen de Aristóteles ha cambiado profundamente. Hoy se reconoce que, al igual que Platón, también él fue un pensador en continua búsqueda, cuya obra refleja una evolución constante y un pensamiento siempre abierto, que nunca llega a formular la última palabra definitiva.

 

Basado en Tejedor Campomanes, C. (1986). Historia de la filosofía en su marco cultural (ed. COU). Madrid.

Su filosofía

 

El pensamiento de Aristóteles tiene un carácter enciclopédico sin precedentes en la historia de la filosofía. Abarca casi todas las ramas del saber de su época: lógica, física, biología, metafísica, ética, política, retórica y poética. Su punto de partida es siempre la crítica a Platón, aunque su deuda con él es también enorme. Aristóteles no rompe con el platonismo: lo corrige, lo amplía y lo transforma desde dentro.

La crítica aristotélica a la teoría de las Ideas

Aristóteles dedica una parte muy extensa de su obra a criticar la teoría de las Ideas de Platón. Lo hace en varios libros de la Metafísica (especialmente los libros I, VII, XIII y XIV) y también en un tratado específico titulado Sobre las Ideas, que se ha perdido. Esta crítica probablemente tenía un objetivo clave: justificar su ruptura con la Academia y marcar el punto de partida de su propio pensamiento.

En un pasaje muy conocido de la Ética a Nicómaco, Aristóteles expresa con claridad esta decisión. Reconoce que fueron sus amigos quienes formularon la teoría de las Ideas, pero afirma que, si queremos ser fieles a la verdad, debemos anteponerla incluso a nuestros afectos. Y concluye: aunque se puede amar a los amigos y amar la verdad, lo más honesto es dar prioridad a la verdad (Ética a Nicómaco, I, 6, 1096a11).

Según Aristóteles, la teoría de las Ideas nace con Sócrates y su intento de definir qué es cada cosa, especialmente las virtudes. Al buscar la definición de una esencia, Sócrates trataba de encontrar aquello que hace que algo sea lo que es, obteniendo así un concepto general o universal. Sin embargo, Sócrates no pensaba que esos universales existieran por separado de las cosas. Fueron los filósofos posteriores —es decir, Platón— los que separaron esas esencias de las cosas concretas y les dieron un nombre: las Ideas. Desde entonces, todo lo que se afirma universalmente pasó a considerarse una Idea (Metafísica, XIII, 4, 1078b30).

Este punto es el núcleo del desacuerdo: para Aristóteles, las esencias no pueden existir separadas de las cosas. Si las Ideas existen por sí mismas, como realidades independientes, entonces son sustancias, es decir, seres que existen en sí mismos. Y esto es precisamente lo que Aristóteles no acepta. Por eso, todas sus críticas se centran en esa separación.

Veamos algunas de esas críticas. Platón, al intentar explicar el mundo, en realidad lo duplica: crea un segundo mundo, el de las Ideas. Pero eso no resuelve el problema, sino que lo agrava: ahora hay que explicar dos mundos en vez de uno. Además, el mundo de las Ideas no sirve para explicar el mundo sensible. Si las esencias de las cosas están fuera de las cosas mismas, entonces no son realmente sus esencias. Si lo fueran, deberían encontrarse dentro de las cosas. Es cierto que Platón hablaba de una participación entre las cosas y las Ideas, pero para Aristóteles eso no explica nada. Decir que las Ideas son modelos y que las cosas participan de ellas no es más que una metáfora poética sin contenido real.

Las Ideas tampoco sirven para explicar el origen ni el cambio de las cosas. Platón decía que las Ideas eran la causa de las cosas, pero es evidente que no pueden ser causas activas o productivas: no pueden mover ni transformar nada. Por eso, en el Timeo, Platón se vio obligado a introducir la figura mítica del Demiurgo, un creador que da forma a las cosas.

Aristóteles también critica con fuerza la matematización de la teoría platónica. En el platonismo más tardío se introdujeron los números ideales entre las cosas y las Ideas, o incluso se identificaron las Ideas con los números. Aristóteles se queja de que las matemáticas se han convertido en toda la filosofía, aunque se diga que se estudian en función de ella. Esto hace que el platonismo acabe pareciéndose demasiado al pitagorismo.

En resumen, Aristóteles afirma que no es posible que la esencia de las cosas exista separada de ellas. No rechaza por completo la teoría de las Ideas, sino únicamente esa separación. Así, permanece fiel a lo más importante de la herencia de Sócrates y de Platón: la ciencia debe buscar lo general y universal, pero esas esencias universales están en las cosas mismas, no fuera de ellas. Esta es la idea clave sobre la que construirá toda su lógica y su metafísica.

La lógica, la demostración y la definición

Aristóteles fue el creador de la lógica tal como la entendemos en la tradición occidental. Si bien la dialéctica platónica puede considerarse un importante antecedente, fue Aristóteles quien sistematizó este saber. Curiosamente, él no dio un nombre específico a sus escritos sobre lógica. El término «lógica» apareció más tarde, en la obra de los estoicos, y la palabra órganon (que significa «instrumento») se empezó a usar también posteriormente, ya que Aristóteles concebía la lógica no como una ciencia propiamente dicha, sino como una preparación o herramienta previa para alcanzar el conocimiento científico.

El primero de estos escritos es Categorías, donde Aristóteles analiza los términos que componen una proposición. Las categorías son las clases más generales de predicados que pueden atribuirse a un sujeto: sustancia («hombre»), cantidad («de dos codos de largo»), cualidad («blanco»), relación («doble»), lugar («en el Liceo»), tiempo («ayer»), posición («sentado»), estado («calzado»), acción («quema») y pasión («es quemado»). La categoría más importante de todas es la sustancia, ya que es el sujeto último al que se refieren las demás.

El tratado Sobre la interpretación se centra en el estudio del enunciado atributivo, es decir, aquel tipo de proposición que puede ser verdadera o falsa, a diferencia de los ruegos o las órdenes. Aristóteles distingue aquí entre enunciados afirmativos y negativos, así como entre universales y particulares.

Los Analíticos primeros y los Analíticos segundos son tratados fundamentales y, probablemente, los últimos que escribió sobre lógica. En ellos desarrolla su teoría de la demostración: primero analiza su estructura formal, que es el silogismo, y luego expone las condiciones necesarias para que una demostración pueda considerarse verdaderamente científica.

Los Tópicos tratan sobre los argumentos probables que se emplean en una discusión. Esta forma de argumentación, basada en lo verosímil y no en lo necesario, es lo que Aristóteles llama dialéctica. Las Refutaciones sofísticas se dedican a analizar las falacias o argumentos falsos que parecen válidos a simple vista, es decir, los tradicionales sofismas.

Para Aristóteles, la lógica es el instrumento de la ciencia, y su concepción de la ciencia muestra hasta qué punto permanece fiel a la herencia de Sócrates y Platón: esta solo es posible si se ocupa de lo universal y necesario. Si queremos alcanzar un conocimiento científico sobre la realidad, que siempre aparece en forma de cosas particulares, es imprescindible relacionar esos casos particulares con principios universales. En este sentido, la lógica aristotélica permite resolver una de las grandes cuestiones que preocuparon tanto a los presocráticos como a Platón: la relación entre lo uno y lo múltiple, o entre lo universal y lo particular.

El silogismo es precisamente la estructura lógica que permite establecer esta conexión. Aristóteles lo define así: «Un silogismo es un discurso en el que, una vez concedidas ciertas premisas, se concluyen necesariamente otras distintas» (Analíticos primeros, I, 1, 24b18). Todo silogismo está formado por tres términos: el término mayor, el término menor y el término medio. Con estos tres elementos, Aristóteles construyó tres figuras silogísticas, a las que más tarde se añadiría una cuarta. Sin embargo, Aristóteles insistió en que solo la primera figura tiene valor demostrativo por sí misma; las otras dos dependen de ella. Esta primera figura es el llamado silogismo perfecto. Su estructura puede representarse así:

Todo B es A
Todo C es B
Luego, todo C es A

Por ejemplo:

Todo hombre (B) es mortal (A)
Sócrates (C) es hombre (B)
Luego, Sócrates (C) es mortal (A)

El valor demostrativo del silogismo reside en la inclusión progresiva de términos: C está incluido en B, y B está incluido en A, por lo que C queda incluido en A. El término medio (B) es el nexo causal que permite deducir la conclusión. Por eso, el silogismo expresa cómo lo particular se subordina a lo universal.

Así pues, en la lógica de Aristóteles, el silogismo sustituye a la dialéctica platónica como método racional para alcanzar el conocimiento. Donde Platón proponía una ascensión dialéctica hacia las Ideas, Aristóteles propone un razonamiento ordenado que parte de principios universales y concluye con afirmaciones sobre casos particulares.

Además del silogismo, Aristóteles propone otro método para conectar lo particular con lo universal: la inducción. La diferencia estriba en que el silogismo es deductivo —va de lo universal a lo particular— mientras que la inducción es el procedimiento inverso: parte de casos particulares para llegar a una conclusión universal. En principio, Aristóteles concibe la inducción como completa, es decir, basada en la enumeración de todos los casos posibles de una especie. Pero en algunos pasajes habla también de una inducción incompleta, incluso a partir de un solo caso, que permite captar por intuición los primeros principios de la ciencia a partir de la percepción sensible, la memoria y la experiencia acumulada.

Según Aristóteles, poseemos conocimiento científico de una cosa cuando sabemos tres cosas: que esa cosa existe, qué es (cuál es su esencia) y por qué es así (cuál es su causa). Ese tipo de conocimiento solo se alcanza mediante la demostración, que Aristóteles define como un «silogismo científico». No todo silogismo es una demostración: solo aquel que parte de premisas verdaderas, primeras, inmediatas, mejor conocidas que la conclusión, anteriores a ella y causas de la misma. Esto implica que toda ciencia debe apoyarse en últimos principios indemostrables y evidentes por sí mismos.

Estos primeros principios pueden ser axiomas comunes a todas las ciencias (como el principio de no contradicción), axiomas propios de una ciencia particular, o definiciones, que expresan la esencia de lo que se estudia. Definir, según Aristóteles, significa indicar la esencia permanente de una cosa a través de su género y su diferencia específica. Por ejemplo, la especie «hombre» se define como «animal racional»: «animal» es el género y «racional» es la diferencia específica.

En definitiva, la lógica silogística aristotélica sustituye a la dialéctica platónica como procedimiento científico. Ya no se trata de ascender hacia el mundo suprasensible de las Ideas, sino de comprender esta realidad mediante una lógica que pretende reflejar su estructura. Aristóteles mantiene, eso sí, la idea de que la ciencia trata de lo universal y necesario: el individuo concreto, por su carácter singular, es indefinible.

La metafísica aristotélica

La Metafísica de Aristóteles no es un libro redactado de una sola vez, sino un conjunto de pequeños tratados escritos a lo largo de los dos últimos periodos de su pensamiento. En ellos, el filósofo se ocupa de una ciencia que llama «Sabiduría» o «filosofía primera». El término «metafísica» fue introducido más tarde por Andrónico de Rodas para designar los textos que venían después de los libros de física: meta ta physiká, «lo que viene después de la física». Aristóteles nunca usó ese nombre para esta disciplina.

Al hablar de una «filosofía primera», Aristóteles presupone que existen también «filosofías segundas», lo cual representa una importante novedad respecto a Platón. Para Platón solo hay una única filosofía, que coincide tanto con la búsqueda de la verdad como con la vida virtuosa que conduce a la felicidad. En cambio, para Aristóteles la sabiduría es, ante todo, una ciencia especulativa: se trata de conocer por conocer, sin un objetivo práctico inmediato. La ética pasa a ser una ciencia separada, es decir, una filosofía segunda.

¿Cuál es el objeto de estudio de esta filosofía primera? Aristóteles responde que debe ocuparse de lo más universal de todo: el ser (tò òn) en cuanto ser y sus atributos esenciales. Mientras las demás ciencias estudian aspectos parciales del ser —la física estudia el ser en movimiento, las matemáticas el ser cuantificable—, la filosofía primera estudia el ser en general. Por ello también se le puede llamar ontología. Sin embargo, en otros pasajes Aristóteles afirma que la ciencia por excelencia debe tener por objeto el ser por excelencia, es decir, Dios, convirtiéndose así en teología. Esta tensión —¿es la metafísica ciencia del ser en general o ciencia de Dios?— es uno de los grandes problemas de interpretación de la obra de Aristóteles y no tiene una solución clara en sus textos.

Aristóteles señala que el término «ser» tiene múltiples significados, aunque todos ellos están relacionados entre sí. No se trata de una homonimia pura, sino de una unidad analógica en la que todos los significados se ordenan en torno a un sentido principal. Para explicarlo, utiliza una comparación: todo lo que se dice «sano» se refiere a la salud —porque la conserva, la produce, es señal de ella o puede recibirla—; del mismo modo, hay muchas acepciones de «ser», pero todas se refieren a un término único (Metafísica IV, 2, 1003a32). Ese término central es la sustancia, que es el ser en sentido más propio. Las demás formas de ser —cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, estado, acción y pasión— son modos de ser o accidentes, que junto con la sustancia forman las categorías.

Para Aristóteles, la gran pregunta sobre el ser se reduce a una más concreta: ¿qué es la sustancia? Aristóteles critica a Platón por haber afirmado que la verdadera realidad son las Ideas, existentes separadas de las cosas. Para Aristóteles, lo verdaderamente real no son las Ideas, sino los individuos concretos: Sócrates, un caballo, este árbol. De la mano de Aristóteles, el mundo sensible recupera su valor. Lo real es el individuo, no la Idea.

Sin embargo, Aristóteles amplía el significado del término «sustancia». En sentido estricto, sustancia es lo que no se afirma de otro ni está en otro: el hombre individual o el caballo individual. A estos los llama sustancias primeras. Pero también habla de sustancias segundas: las especies a las que pertenecen los individuos («hombre», «caballo») e incluso los géneros de esas especies («animal»). Entre las sustancias segundas, la especie es más sustancia que el género, ya que está más cerca del individuo. Y únicamente las sustancias primeras son sustancias en sentido estricto, pues son la base última de todo lo demás.

Al igual que Platón, Aristóteles piensa que el objeto del saber son las especies y los géneros. Por eso también los considera sustancias, aunque en sentido secundario. La diferencia fundamental es que, para Aristóteles, los universales no existen por sí mismos, sino en los individuos: están en ellos y no aparte de ellos.

La teoría hilemórfica

Como se ha visto, para Aristóteles la sustancia primera es el individuo concreto. En él se encuentra realizada una esencia común a otros individuos, como la especie «hombre». Esta esencia es lo que Aristóteles llama sustancia segunda. Decimos, por ejemplo: «Sócrates es hombre». Esto quiere decir que la especie se predica del individuo, no existe fuera de él, y por tanto el mundo en el que vivimos es real. La pluralidad de individuos y el cambio son reales. Así, Aristóteles se opone tanto a Parménides —para quien el cambio es pura apariencia— como a Platón —para quien la verdadera sustancia es la Idea, única y eterna, fuera del devenir.

Aristóteles introduce el devenir dentro de la sustancia misma. La sustancia no es algo fijo y separado del cambio, sino que incluye en sí misma un desarrollo o proceso. Para explicar esto, dice que la sustancia es un compuesto (sýnolon) de materia (hyle) y forma (morphé). De ahí que llamemos a su teoría hilemórfica.

Todo lo que llega a ser lo hace gracias a dos factores: una causa que lo pone en movimiento y una materia sobre la que actúa esa causa. Lo que se produce no es la materia ni la forma por separado, sino un compuesto que las une. No se produce el bronce ni la forma de esfera, sino una esfera de bronce. La forma se realiza en la materia, y lo que resulta es un ser concreto. Además, el ser concreto recibe su nombre por la forma que tiene: decimos «esfera de bronce» o «hombre», no simplemente «bronce» o «carne y huesos».

La forma es la esencia de la cosa. Es lo que define su especie y lo que Aristóteles llama sustancia segunda. Aunque es eterna, no puede existir sola, sino que siempre está unida a la materia. La materia recibe la forma, y esta se actualiza en la materia como su realización. Aristóteles distingue distintos tipos de materia. La materia más próxima es, por ejemplo, el bronce o, en el caso del ser humano, determinada carne y huesos. Pero habla también de una materia primera, totalmente indeterminada, sin forma, sin cualidades, sin tamaño. Esta no puede existir por sí misma: solo existe en el compuesto con la forma. Esta idea recuerda al ápeiron de Anaximandro o a la materia sin forma del Timeo de Platón.

En conclusión, lo que se genera o cambia es siempre un individuo concreto, compuesto de materia y forma. Ambos elementos son eternos, pero nunca existen por separado. Aristóteles da más importancia a la forma: ella es la esencia del ser, la única que puede ser conocida y definida. Lo que hace único a cada individuo no es la forma, sino la materia. Por eso Platón y Sócrates son distintos por su materia, pero iguales en su forma.

El movimiento: potencia y acto

Una de las grandes preocupaciones de Aristóteles fue explicar racionalmente el movimiento o cambio. Frente a Parménides, que lo negaba, y frente a Platón, que lo explicaba desde dos mundos separados, Aristóteles desarrolla una teoría propia basada en los conceptos de potencia y acto.

Parménides solo había trabajado con las ideas de «ser» y «no-ser», lo que le llevó a concluir que el Ser es único e inmóvil. Platón intentó superar ese planteamiento añadiendo una forma de no-ser que llamó «alteridad». Aristóteles da un paso más: introduce una nueva forma real de no-ser, la potencia, que le permite explicar cómo cambian las sustancias.

Todo cambio ocurre entre contrarios o estados intermedios, y exige un sustrato que pase de un estado a otro. Ese sustrato es la materia. Esta debe tener la capacidad de ser ambos contrarios, es decir, debe estar en potencia de ser una cosa u otra. El cambio consiste, por tanto, en pasar del ser en potencia al ser en acto. Un ser puede surgir no solo desde el no-ser absoluto, sino desde el ser en potencia, que es un modo real de no-ser.

Así, todo ser tiene dos aspectos: lo que ya es (el acto) y lo que todavía no es pero puede llegar a ser (la potencia). Aristóteles advierte que no es posible definir estos conceptos con total exactitud, y por eso recurre a ejemplos: la relación entre acto y potencia es como la del germen y la planta, o como la del ver y el tener los ojos cerrados aunque con capacidad de ver.

La potencia puede ser activa —el poder de producir un efecto en otra cosa— o pasiva —la capacidad de recibir una acción o cambiar de estado—. Para hablar del acto, Aristóteles usa dos términos: enérgeia y enteléchia. El primero indica la acción mediante la cual algo pasa de la simple posibilidad a su realización. El segundo se refiere al resultado final de esa acción, al estado perfecto o completo que se alcanza. Ambos términos muestran que Aristóteles entiende el ser como algo dinámico y orientado a un fin.

El acto tiene prioridad absoluta sobre la potencia. Desde un punto de vista lógico, solo podemos entender la potencia como potencia de algo que se puede realizar. Y aunque parezca que la semilla viene antes que el árbol, en realidad la semilla procede de un árbol que ya está en acto. Además, el acto, entendido como enteléchia, es el fin hacia el que tiende la potencia. No vemos porque tenemos vista, sino que tenemos vista para poder ver. Esto muestra que la visión del mundo de Aristóteles es teleológica: todo está orientado a un fin.

La estructura potencia-acto es paralela a la estructura materia-forma: la materia está en potencia de recibir la forma, y la forma es lo que actualiza esa materia. Identificar la forma con el acto lleva a Aristóteles a concluir que la explicación última del universo está en la existencia de formas puras, sin materia, siempre en acto. A estas formas puras las llama dioses que mueven el universo, y así la metafísica acaba conectando con la física.

La física aristotélica

Con Aristóteles, la física recupera su estatus como ciencia verdadera después de que Parménides la vaciara de sentido al negar el cambio, y de que Platón la redujera a simples conjeturas por considerar que solo las Ideas pueden ser objeto de verdadero conocimiento. Para Aristóteles, la física se ocupa de los seres compuestos de materia y forma que tienen en sí mismos un principio propio de movimiento.

El libro II de la Física comienza con un análisis del significado de la palabra «naturaleza». Aristóteles explica que todo ser natural posee en sí un principio interno de movimiento y reposo. La physis es ese principio interno y necesario, que está en la cosa por sí misma. Para Aristóteles, la naturaleza de un ser es su forma o esencia. Esta no puede separarse de la materia más que en el pensamiento. Lo que realmente existe en la naturaleza no es solo la forma o solo la materia, sino el ser compuesto de ambas.

Para Aristóteles, conocer algo de forma científica significa conocer sus causas. Por tanto, la física debe determinar las causas de los seres naturales. Aristóteles establece una clasificación de cuatro causas fundamentales:

Causa material (hyle): la materia de la que está hecho algo, como el bronce de una estatua.
Causa formal (eîdos o morphé): la forma o estructura que define lo que una cosa es, como la figura de la estatua.
Causa motriz o eficiente (tò kinêsan): lo que produce el movimiento o el cambio, como el escultor que talla la estatua.
Causa final (télos): el fin u objetivo por el que algo existe, como adornar un templo.

En los seres vivos, estas cuatro causas se reducen en parte a la forma: es la forma la que impulsa el desarrollo del ser desde dentro y, al mismo tiempo, es su perfección final. Los filósofos anteriores solo llegaron a ver algunas de estas causas: los jonios se fijaron en la materia, Empédocles y Anaxágoras mencionaron el principio del movimiento, Platón habló de la forma pero sin integrarla del todo en el mundo físico. La causa final no fue tenida en cuenta claramente por ninguno. Aristóteles considera que su teoría es la única completa.

Para que haya cambio, es necesario un sujeto que permanezca mientras cambia, pasando de no tener una forma a poseerla. El cambio se explica así con tres principios: el sujeto o sustrato (hipokéimenon), la privación de una forma, y la forma que se adquiere. Estos tres principios también pueden expresarse como potencia y acto: el sujeto es lo que está en potencia; el cambio, su paso al acto. La privación no es un no-ser absoluto, sino un no-ser relativo que expresa la potencia de llegar a ser algo.

Aristóteles distingue entre el cambio sustancial (la generación y corrupción de la sustancia) y el cambio accidental o movimiento, que puede ser cuantitativo (crecimiento y disminución), cualitativo (alteración) o local (traslación).

La definición más precisa que Aristóteles da del movimiento es esta: el movimiento es el acto de lo que está en potencia, en tanto que está en potencia. Es decir, es una realidad intermedia, un tipo de acto incompleto: la actualización de algo que todavía no ha alcanzado su forma final. Cuando la potencia se ha convertido plenamente en acto, el movimiento termina.

El primer motor inmóvil

Al final de su obra Física, Aristóteles afirma que tanto el movimiento como el tiempo son eternos: la cadena de generaciones no tiene un inicio en el tiempo y tampoco tendrá fin. Sin embargo, sostiene también que el movimiento eterno del mundo necesita una causa primera que lo explique. Debe existir un primer motor que sea responsable de ese movimiento eterno.

Aristóteles formula un principio general: «todo lo que se mueve es movido por otro». Si algo está en movimiento, es porque otro ser lo está moviendo. Esa cadena no puede ser infinita. Tiene que haber un primer motor que no sea movido por ningún otro: el motor inmóvil. Este motor mueve desde siempre, por lo que el movimiento del mundo también es eterno.

En la Física, el primer motor se presenta sobre todo como causa eficiente: como aquello que provoca el movimiento, en contacto directo con la última esfera del cosmos, aunque sin verse afectado por lo que toca. Aristóteles lo expresa con una comparación: así como decimos que algo nos «toca» cuando nos conmueve, sin que nosotros lo toquemos, del mismo modo el primer motor toca sin ser tocado.

Sin embargo, en la Metafísica (libro XII), Aristóteles añade una dimensión nueva: el primer motor ya no actúa solo como causa eficiente, sino como causa final. Lo que mueve no es una fuerza directa, sino que mueve como objeto de deseo: el mundo se mueve porque tiende hacia él, como si lo amara o deseara. El primer motor está totalmente separado del mundo. Es acto puro, no tiene materia, y es un ser perfecto: vive, es feliz y se basta a sí mismo. Aristóteles lo define como una inteligencia que se piensa a sí misma y nada más que a sí misma.

La cosmología

Las consideraciones de Aristóteles sobre el primer motor y su cosmología influyeron decisivamente en la ciencia y la teología medievales. Su integración con la cosmología bíblica —cielos, tierra, jerarquía de seres— la hizo casi intocable durante siglos. Sus características principales son las siguientes.

Es una cosmología esencialista: todo se explica a partir de las cualidades internas de los cuerpos, de su naturaleza. Es teleológica: todo tiene un fin que explica por qué se mueve. Es dualista: no el dualismo platónico entre el mundo de las Ideas y el mundo sensible, sino entre dos regiones dentro del universo: el mundo supralunar, perfecto y divino, y el mundo sublunar, imperfecto y sometido al cambio. Y es deductiva, no empírica: se basa en razonamientos lógicos más que en observaciones. Por ejemplo, Aristóteles afirma que el cielo es esférico porque la esfera es la figura más perfecta.

En el mundo supralunar se encuentran los astros, seres animados que no nacen ni mueren, hechos de una sustancia especial llamada éter. Los astros se mueven en círculos perfectos y eternos. Cada astro está insertado en una esfera de éter que gira gracias a un motor inmóvil. Aristóteles adopta el sistema de Eudoxo y Calipo, explicando los movimientos celestes con 33 esferas, a las que añade otras 22 que giran en sentido contrario para corregir sus predicciones. En el centro está la Tierra, una esfera inmóvil. Aristóteles calculó su tamaño de forma muy imprecisa, y mucho más tarde Cristóbal Colón tomó como referencia esos cálculos erróneos al planear su viaje hacia occidente.

En el mundo sublunar ocurren la generación, la corrupción y el paso del tiempo. El movimiento propio de este mundo es rectilíneo, no circular. Todo está hecho a partir de cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Cada uno tiene un lugar natural al que tiende. El fuego y el aire son ligeros y suben. El agua y la tierra son pesados y bajan hacia el centro del universo. Los cuatro pueden transformarse unos en otros porque cada uno combina dos cualidades: fuego (cálido y seco), aire (cálido y húmedo), agua (fría y húmeda), tierra (fría y seca).

De todo esto resulta una visión jerárquica del universo: primero, los seres inmateriales e inmóviles (el primer motor inmóvil y los motores de las esferas); después, los seres materiales pero incorruptibles (el primer cielo, las esferas y los astros, hechos de éter); finalmente, los seres corruptibles, compuestos de los cuatro elementos, que pueden morir aunque las especies a las que pertenecen son eternas.

El alma para Aristóteles

La teoría del alma es uno de los temas donde mejor se aprecia la evolución del pensamiento de Aristóteles. En su primera etapa defiende una visión dualista del ser humano: el alma racional es inmortal, tiene un parentesco con las Ideas y el cuerpo aparece como una cárcel para ella. Esta posición aparece en el diálogo Eudemo y en el Protréptico. Sin embargo, en su segundo período, el dualismo entre cuerpo y alma da paso a una concepción más mecanicista, y Aristóteles niega explícitamente la inmortalidad del alma, como puede leerse en la Ética a Nicómaco. En su tercera etapa, aplica al ser humano su teoría hilemórfica, y es en este marco donde escribe su tratado más importante sobre el tema: Sobre el alma.

Aristóteles defiende que el cuerpo y el alma forman juntos una única sustancia. Entre ellos hay una relación semejante a la que existe entre la materia y la forma: el alma es la forma del cuerpo, pero no de cualquier cuerpo, sino de un cuerpo organizado, es decir, de un organismo estructurado de forma muy precisa. Por eso, Aristóteles considera absurda la doctrina de la reencarnación: el alma no puede encarnar en cualquier cuerpo. No es intercambiable. Lo expresa con una imagen muy clara: «Si el ojo fuera un animal, la vista sería su alma». Por eso, el cuerpo y el alma no pueden separarse: un cuerpo sin alma es solo una figura, como una estatua de piedra, y un alma sin cuerpo no es nada, igual que la vista sin el ojo no existe.

Aristóteles defiende también que el alma es una sola, y que no se localiza en una parte concreta del cuerpo, sino que está presente en todo él. No es el alma la que siente o piensa, sino que es el ser humano entero el que siente y piensa gracias al alma.

Aristóteles señala tres funciones o capacidades del alma: la función nutritiva, la función sensitiva (de la que derivan también la función apetitiva y la función motriz) y la función pensante. Los vegetales tienen solo la función nutritiva. Los animales, además de esa, también poseen la función sensitiva. Y los seres humanos tienen las tres. Esta clasificación implica una visión jerárquica de los seres vivos.

Toda esta teoría lleva a Aristóteles a negar la inmortalidad del alma humana, adoptando así la postura más común de su época. Sin embargo, en Sobre el alma introduce una excepción: el llamado intelecto agente. Aristóteles distingue dos tipos de entendimiento: el entendimiento en potencia o paciente, que puede recibir las formas universales y conocerlas, y el entendimiento agente, que produce esos inteligibles y los pone en acto, como la luz que hace visibles los colores. Este intelecto agente es, según Aristóteles, «separado, inmortal y eterno». Sin embargo, no desarrolla esta idea y ha generado debate durante siglos. Alejandro de Afrodisia, hacia el año 200 d. C., lo identificó con Dios. Avicena, en el siglo XI, lo entendió como la razón divina presente en el hombre. Ambas lecturas parecen alejarse del pensamiento original de Aristóteles. Tal vez sea solo un resto de su formación platónica.

El conocimiento según Aristóteles

Antes de Aristóteles, muchos filósofos despreciaban el conocimiento que viene de los sentidos. Para los presocráticos, lo que percibimos con los sentidos es engañoso y solo nos da una opinión (dóxa), no conocimiento verdadero. Platón llevó esta idea al extremo: el conocimiento verdadero no trata sobre este mundo, sino sobre el mundo de las Ideas, que no se conocen a través de los sentidos sino por reminiscencia o por ascenso racional. Aristóteles rompe con esta tradición y adopta una postura claramente empirista.

Para Aristóteles, no hay más mundo que este. La única realidad es la sustancia individual y corpórea. La esencia de los cuerpos está en su forma, que él llama sustancia segunda. Esto significa que los cuerpos no son algo caótico o confuso, sino que tienen un principio que permite conocerlos. Por eso, el conocimiento comienza en los sentidos y se completa con el pensamiento.

Sentir consiste en que los sentidos captan la forma sensible sin su materia. Los órganos de los sentidos funcionan como receptores: reciben las formas sensibles de manera parecida a cómo la cera toma la forma del anillo sin recibir el metal. La facultad de sentir es una capacidad que se activa cuando entra en contacto con un objeto sensible. Cuando sentimos, nos hacemos de algún modo semejantes a lo que percibimos: al contemplar un bosque, el ojo capta sus formas —colores, contornos— de manera inmaterial. En ese momento, como dice Aristóteles, el ojo «es» bosque.

Los sentidos nos permiten conocer lo individual. En cambio, el entendimiento (nous) nos permite pensar lo universal. El ojo ve a Sócrates, pero el entendimiento piensa en «el hombre», es decir, en la forma o esencia común a todos los hombres. La forma universal no está en otro mundo separado, como decía Platón, sino en la materia, en los individuos concretos. Por eso el conocimiento parte de la experiencia: a partir de muchas sensaciones, acumulamos recuerdos y experiencias, y por inducción llegamos a descubrir la esencia universal.

En este proceso, la imaginación (phantasía) es una ayuda imprescindible, situada entre la sensación y el pensamiento. Aristóteles afirma que el alma no puede pensar sin imágenes: «las formas inteligibles existen en las formas sensibles», y en ausencia de toda sensación no es posible conocer ni comprender nada.

Aristóteles explica el pensamiento mediante la distinción entre el entendimiento posible o paciente —que puede recibir las formas universales y conocerlas— y el entendimiento agente —que produce esos inteligibles y los pone en acto, como la luz que ilumina los colores—. Esta distinción, ya señalada en la sección anterior, conecta la teoría del conocimiento con la del alma y ha sido uno de los puntos más debatidos de toda la filosofía aristotélica.

La ética aristotélica

La ética de Aristóteles se puede definir como un eudemonismo: su reflexión gira en torno a la felicidad (eudaimonía) como objetivo principal de la vida. Es también una ética de la virtud, ya que la virtud es el medio más adecuado para alcanzar esa felicidad. Su versión definitiva sobre la cuestión moral es la Ética a Nicómaco, redactada en su tercera etapa.

Aristóteles comienza preguntando: ¿cuál es el bien supremo que perseguimos en todas nuestras acciones? En apariencia, todos coinciden en que ese bien supremo es la felicidad. Sin embargo, las diferencias surgen al precisar en qué consiste realmente. Algunos consideraban que la mejor vida era la vida activa del político, cuyo bien supremo es la gloria y la virtud. Otros defendían la vida contemplativa del filósofo. También había quienes valoraban la vida placentera. Y existía la doctrina platónica de la Idea suprema del Bien, realidad única, absoluta y separada del mundo sensible. Aristóteles rechaza esta concepción idealista. Para él, no hay un único tipo de bien, sino muchos bienes distintos, y la ética no puede abordarse de forma puramente teórica: hay que partir de los hechos, de la experiencia moral.

Para Aristóteles, la felicidad consiste en realizar de forma plena la actividad que le es propia al ser humano, del mismo modo que el bien del músico es tocar bien la flauta. Esa actividad específica es la actividad del alma, y para que sea perfecta debe estar guiada por las virtudes. En la Ética a Nicómaco lo resume así: la felicidad es la actividad del alma dirigida por la virtud; las acciones conformes a la virtud son agradables en sí mismas; y aunque la felicidad no puede prescindir totalmente de los bienes externos, tampoco depende de ellos. Al final de la obra añade un matiz importante: entre todas las actividades humanas, la que más felicidad proporciona es la contemplación teórica, el ejercicio de la sabiduría.

Según Aristóteles, la virtud es una disposición del alma, llamada héxis: una capacidad estable que se adquiere y se mantiene con el tiempo. A diferencia de Sócrates, Aristóteles no cree que la virtud consista solo en conocer lo que está bien. La virtud exige también la voluntad. Una persona actúa virtuosamente solo si sabe lo que está haciendo, decide libremente hacerlo y prefiere esa acción por sí misma, y actúa con firmeza y de forma constante. La virtud no se da de forma natural ni basta con recibirla mediante enseñanza: se adquiere con la práctica y la repetición. Solo se llega a ser justo practicando repetidamente actos de justicia.

Además, Aristóteles afirma que la virtud consiste en alcanzar un término medio entre dos extremos igualmente negativos. Este término medio no debe confundirse con la mediocridad: en relación con lo que es bueno y perfecto, la virtud ocupa el punto más elevado. El término medio no puede definirse de forma general o teórica, sino que depende de cada situación y de cada persona. Por eso será el hombre sensato (spoudaios) quien sepa encontrarlo en cada caso concreto: es él, y no una norma abstracta, la referencia última de la ética aristotélica.

En resumen, Aristóteles define la virtud como una disposición voluntaria que se adquiere con la práctica y que consiste en un término medio, relativo a cada persona y definido por la razón, tal como lo decidiría un hombre sensato.

Aristóteles distingue dos tipos de virtudes: las virtudes morales o éticas y las virtudes intelectuales o dianoéticas. Entre estas últimas destaca la prudencia (phrónesis), virtud del hombre sensato que sabe deliberar bien sobre lo que conviene en cada situación, y la sabiduría (sophía), que representa el grado más alto de perfección intelectual. Entre las virtudes morales destacan la fortaleza, la templanza y la justicia.

La fortaleza es la virtud que regula nuestros miedos y temores, especialmente el miedo a la muerte. El valiente no es quien no siente miedo, sino quien lo domina cuando debe hacerlo. Es un término medio entre la cobardía (exceso de miedo) y la temeridad (falta de miedo y actuar de forma imprudente).

La templanza regula nuestros placeres, especialmente los del cuerpo. El hombre templado disfruta de los placeres necesarios de forma moderada y racional. Se sitúa entre el desenfreno (dejarse llevar por el placer sin control) y la insensibilidad (rechazar placeres que son naturales y necesarios).

La justicia es una virtud distinta y más compleja, pues se refiere a nuestra relación con los demás. Ser justo consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Aristóteles distingue entre la justicia distributiva —que reparte bienes o cargas de forma proporcional al mérito o la necesidad— y la justicia conmutativa —que regula las relaciones de intercambio entre personas basándose en la igualdad estricta—. El justo actúa buscando el equilibrio entre sus propios intereses y los de los demás, respetando la ley y el bien común.

La política aristotélica

La ética de Aristóteles no es un saber aislado: desemboca en la política y parece quedar subordinada a ella. Ambas disciplinas buscan el bien del ser humano, pero Aristóteles aclara que el bien colectivo tiene un carácter «más bello y más divino» que el individual. Además, nadie puede llegar a ser virtuoso sin una adecuada educación, y esa tarea educativa corresponde al Estado. Solo en una comunidad política bien organizada se pueden formar ciudadanos virtuosos.

Aristóteles defiende una visión organicista de la sociedad. El Estado es anterior por naturaleza a la familia y al individuo, porque el todo siempre es anterior a sus partes. Como el ser humano no puede bastarse por sí mismo, necesita formar parte de una comunidad más amplia. Por eso el hombre es, por naturaleza, un «animal político» (politikón zoon): un ser que solo puede realizarse plenamente en la vida en común. Lo que distingue al ser humano de los demás animales es el lenguaje. Gracias a él, las personas pueden dialogar sobre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, y compartir valores morales. Esta capacidad de reflexión y comunicación es lo que da origen a la familia y al Estado.

El Estado tiene prioridad sobre el individuo porque es autosuficiente (autarkeía): solo él puede alcanzar la verdadera justicia y la perfección moral del ser humano. Pero su objetivo no es ser un fin en sí mismo, sino hacer posible la felicidad y el desarrollo moral de los ciudadanos. Por eso Aristóteles no defiende un modelo totalitario: el poder político debe estar al servicio del bien común.

Su teoría política es práctica y realista. A diferencia de Platón, Aristóteles no presenta una ciudad ideal como modelo perfecto. La política no es una ciencia exacta, sino empírica. Por eso encargó a sus discípulos un estudio detallado de las distintas constituciones de su tiempo. Aristóteles se mantiene fiel al modelo de la pequeña ciudad-Estado griega y rechaza tanto el ideal naturalista de los cínicos como el imperialismo de Alejandro Magno. Hay una ironía histórica en esto: Aristóteles escribió la Política precisamente cuando ese modelo de ciudad-Estado estaba siendo destruido por su antiguo alumno, lo que da a su defensa de la polis un carácter casi elegíaco.

Aristóteles retoma la clasificación de las formas de gobierno en tres correctas y tres degeneradas. Las formas correctas son aquellas en las que gobiernan los mejores en beneficio del bien común: la monarquía, la aristocracia y la politeía o gobierno constitucional. Sus degeneraciones respectivas son la tiranía, la oligarquía y la democracia o demagogia, es decir, el gobierno en interés propio y no del bien común.

Aunque a veces se ha dicho que Aristóteles defendía una forma concreta de gobierno, en realidad no da prioridad a ninguna. Su enfoque es muy pragmático: tiene en cuenta factores como la geografía, la economía y el carácter de cada pueblo para juzgar cuál es el mejor sistema en cada caso. Eso sí, este mismo pragmatismo le lleva a valorar especialmente la politeía, un régimen mixto basado en las clases medias y gobernado por los más sensatos. Este planteamiento encaja con su teoría ética: así como la virtud consiste en encontrar el término medio, también el mejor gobierno es aquel que sabe equilibrar los intereses y capacidades de cada pueblo concreto.

Pese a todas sus diferencias, Platón y Aristóteles comparten el proyecto fundamental de pensar la relación entre conocimiento, virtud y ciudad justa. Para ambos, la política no es solo una técnica de poder, sino una forma de educación moral. Y esa pregunta —cómo debe organizarse una comunidad para que sus miembros puedan ser buenos y felices— sigue siendo la pregunta central de la filosofía política occidental.

 

Basado en Tejedor Campomanes, C. (1986). Historia de la filosofía en su marco cultural (ed. COU). Madrid.

 

Apuntes para clase

La escuela de Atenas (1510-1511). Rafael Sanzio

 

NATURALEZA (PHYSIS)

  • Necesidad:
    • el Universo es un todo ordenado
    • cada cosa se comporta del modo que le corresponde según su naturaleza
  • Dinámica:
    • en la naturaleza de cada cosa está el origen de sus cambios y movimientos
    • los seres artificiales no tienen en sí el principio de su movimiento (se mueven por causas ajenas a sí mismas)
  • Teleología:
    • hay una finalidad interna en cada cambio o movimiento
    • todos los seres naturales tienden a alcanzar la perfección que les es propia

 

FÍSICA: DOCTRINA DEL MOVIMIENTO

  • la Física es la ciencia que estudia los seres con existencia real y dotados de movimiento
  • posibilidad del cambio o movimiento:
    • Parménides: no existe el cambio
      • supondría paso del no-ser al ser y del ser al no-ser
      • imposible, pues el ser es y el no-ser no es
    • Aristóteles distingue dos maneras de no-ser
      • no-ser absoluto: ni se es ni puede ser
        • el movimiento es imposible (piedra → árbol)
      • no-ser relativo: no se es, pero se puede llegar a ser
        • el movimiento es posible (semilla → árbol)
          • lo que no es, pero puede llegar a ser, se halla en potencia (semilla) de ser
          • lo que actualmente es, efectivamente, se halla en acto (árbol)
          • el movimiento es el tránsito de la potencia al acto
  •  elementos que intervienen en el movimiento
    • algo que permanece a través del cambio (lo que cambia): sustrato o materia segunda
    • algo que desaparece: cierta forma
    • algo que aparece: la forma que se adquiere
      • Por tanto, el término final o resultado de todo movimiento es un compuesto de sustrato o materia y una forma: hile[materia]morfismo[forma]
        • toda sustancia o entidad natural está compuesta de materia y forma
  •  clases de movimiento
    • cambio accidental: modificación de caracteres no esenciales de la sustancia
      • tamaño: cuantitativo
      • cualidades: cualitativo
      • lugar: local
    • cambio sustancial: generación o destrucción de una sustancia
      • permanece el sustrato o materia primera indeterminada (pura potencia de ser; no es nada en acto)
  •  causas del movimiento
    • Aristóteles considera causas todos aquellos factores que intervienen o son necesarios para explicar un proceso cualquiera
    • causas intrínsecas a la sustancia:
      • causa formal:
        • la forma es la esencia (lo que hace que cada sustancia sea lo que es), es actualidad
        • la forma es la naturaleza de las sustancias (lo que determina el comportamiento propio de cada sustancia)
      • causa material:
        • sustrato o sujeto afectado por el cambio, es potencialidad
    •  causas extrínsecas a la sustancia:
      • causa eficiente o agente:
        • remite a qué es lo que origina el movimiento, pues todo lo que se mueve es movido por otro
      • causa final:
        • remite al “para qué”, a la finalidad del movimiento (teleología)

 

CONCEPCIÓN DEL UNIVERSO

  • estructura del universo
    • el universo es único, finito, simétrico y esférico
    • las direcciones son absolutas (independientes del observador)
  • movimiento en el universo
    • solo hay dos movimientos simples: el rectilíneo y el circular
    • por lo que solo hay tres movimientos naturales, dos sublunares y uno supralunar:
      • movimientos sublunares
        • de abajo hacia arriba (a partir del centro)
        • de arriba hacia abajo (hacia el centro)
      • movimiento supralunar
        • circular (alrededor del centro)
    •  los movimientos naturales corresponden a la naturaleza de cada cuerpo:
      • la tierra es pesada, por lo que tiende al centro del universo, donde permanece inmóvil
      • el fuego es ligero, por lo que tiende hacia arriba
      • el agua y el aire son de gravedad intermedia
      • el éter o quinta esencia (con lo que están formadas las esferas celestes) tienden al movimiento circular
        • las esferas celestes son inalterables, incorruptibles y divinas
        • hay siete esferas [depende de la obra] y fuera de ellas el Motor Inmóvil, acto puro, que es la causa eficiente de todo el movimiento supralunar [depende de la obra]

 

ANTROPOLOGÍA

  • doctrina del alma (principio interno del movimiento de los vivientes)
    • en el alma de los seres vivos coinciden la causa eficiente, formal y final de su movimiento
      • causa formal:
        • el alma es su esencia, que hace que sean lo que son actualmente
        • el alma es su naturaleza, pues determina sus actividades y comportamientos
      • causa eficiente:
        • el alma es el origen, el agente de su movimiento
      • causa final:
        • la perfección del alma es su propia finalidad, su función o propósito
  •  la unión sustancial (hilemórfica) entre alma y cuerpo (o forma y materia) es perfectamente natural y esencial, pues constituye al viviente
  • facultades del alma:
    • nutritiva: propia de las plantas, los animales y los hombres
    • sensitiva (percepción y cambio local): propia de los animales y los hombres
    • intelectiva (conocimiento científico y voluntad): propia exclusivamente de los hombres

 

TEORÍA DEL CONOCIMIENTO

  • tanto el conocimiento sensible como el intelectual consiste en recibir o asimilar las formas de las cosas
  • dos funciones intervienen en el conocimiento intelectual:
    • entendimiento activo:
      • está en acto
      • conoce sin interrupción
      • ilumina las formas inteligibles
      • es el mismo para toda la especie humana
      • es incorruptible
    • entendimiento pasivo:
      • a veces piensa y a veces no
      • es particular de cada individuo
      • está en potencia
      • recibe las formas
      • muere con el hombre

 

MORAL Y POLÍTICA

  • doctrina moral [ética]
    • distinción entre conocimiento teórico y conocimiento práctico
      • conocimiento teórico:
        • su fin es el conocimiento mismo
        • se ocupa de lo que es necesario
      • conocimiento práctico:
        • su fin está orientado a la acción
        • se ocupa de lo que puede ser de otra manera que como es (lo contingente)
      • el conocimiento ético es práctico
        • consiste en averiguar y orientar la conducta humana para la consecución de su finalidad natural o perfección
  •  estudio de la naturaleza humana
    • el fin último de todos los seres humanos es la felicidad (εὐδαιμονία -eudemonía-)
    • cada ser es feliz realizando la actividad que le es más propia y natural
      • la actividad más propia y natural del hombre es la intelectual
        • la forma más perfecta de felicidad para el hombre sería la actividad contemplativa [dioses]
      • pero el hombre no es solo entendimiento, pues para la vida también es necesario atender a las otras facultades del alma (nutritiva y sensitiva)
        • por tanto solo es posible una felicidad intelectiva limitada
    • pero, aparte de esa felicidad ligada al conocimiento teórico, también podemos ser felices obrando con excelencia en la vida social
      • esta felicidad ligada al conocimiento práctico exige la posesión de virtudes morales que regulen las acciones que llevamos a cabo para satisfacer nuestras necesidades nutritivas y sensitivas
        • tal regulación consiste en buscar el término medio relativo y propio de cada uno en cada acción y en cada situación
        • las virtudes se consiguen mediante el hábito o repetición de acciones justas
    •  clasificación de las virtudes:
      • dianoéticas (intelectuales): relativas a los hábitos mediante los que se alcanza la verdad
        • de entre tales virtudes solo una proporciona ayuda a la moralidad: la prudencia (deliberar bien y con acierto en cada caso)
      • éticas: relativas a la acción, al carácter, a la elección
        • están subordinadas a las dianoéticas
        • aunque Aristóteles señala muchas, las más importantes son la fortaleza, la templanza y la justicia (entendida, por una parte, como justicia distributiva y, por otra, como relativa a la igualdad como base de la amistad)
  •  naturaleza política del hombre
    • la sociabilidad es un rasgo esencial de la naturaleza humana (el hombre es un animal social: zoon politikon)
      • los animales no tienen capacidad de ser tan sociales, pues no tienen lenguaje
        • humanos y animales tenemos voz: capacidad de expresar bienestar y malestar
        • solo los humanos tenemos palabra: capacidad de expresar justicia e injusticia
          • eso permite el debate en sociedad, llegar a acuerdos y elaborar leyes
        • la divinidad no necesita vivir en sociedad porque es autosuficiente
      • la sociabilidad se actualiza en tres formas naturales de comunidad
        • familia, cuyo fin es asegurar la vida
        • aldea (conjunto de familias), cuyo fin es asegurar la vida
        • Estado, cuyo fin no es solo la supervivencia, sino también asegurar la vida buena (felicidad) de todos, mediante:
          • garantizar bienestar material
          • favorecer la vida virtuosa de cada ciudadano
            • para ello es necesaria la justicia legal (conducirse conforme a las leyes)
  •  regímenes políticos
    • ordenados al bien de todos los ciudadanos:
      • monarquía (gobierno del mejor de los ciudadanos)
      • aristocracia (gobierno de los mejores)
      • politeia (gobierno de la mayoría orientado al bien común)
    • formas viciosas respectivas cuando los gobernantes persiguen su propio provecho:
      • tiranía (gobierno de uno en su propio provecho)
      • oligarquía (gobierno de los ricos en su propio provecho)
      • democracia (gobierno de pobres en su propio provecho)

 

PROBLEMA 1: ¿Dónde residen las esencias? ¿Existe un mundo separado de las Ideas?

El problema

Platón sostenía que las esencias de las cosas —lo que hace que algo sea lo que es— existen en un mundo separado e independiente: el mundo de las Ideas. Para Aristóteles, este es el error fundamental del platonismo, y toda su filosofía puede leerse como una respuesta a él. ¿Pueden las esencias existir separadas de las cosas individuales? ¿O tienen que estar en las propias cosas?

Tesis de Aristóteles

No. Las esencias no pueden existir separadas de las cosas. Están en los individuos concretos como su forma inmanente. Lo verdaderamente real no son las Ideas, sino los seres individuales: Sócrates, este caballo, este árbol. Aristóteles lo expresa con toda claridad en la Ética a Nicómaco: aunque admira a sus amigos platónicos, la honestidad intelectual obliga a anteponer la verdad al afecto (Ética a Nicómaco, I, 6, 1096a11). La respuesta positiva a esta crítica —qué son esas esencias inmanentes y cómo se relacionan con la materia— es el objeto del problema siguiente.

Argumentos

  • Platón duplica el mundo sin explicarlo. Al separar las esencias de las cosas, Platón crea un segundo mundo. Pero esto agrava el problema en lugar de resolverlo: ahora hay que explicar dos mundos en vez de uno. Si las esencias de las cosas están fuera de las cosas mismas, entonces no son realmente sus esencias. Para que lo sean, deben encontrarse dentro de ellas.
  • La participación es una metáfora sin contenido real. Platón decía que las cosas «participan» (méthexis) de las Ideas, las «imitan» (mímesis) y reciben de ellas cierta realidad. Para Aristóteles, eso no explica nada. Decir que las cosas imitan a las Ideas o participan de ellas es, como mucho, una metáfora poética que no tiene contenido filosófico real: no dice cómo las Ideas producen o explican las cosas concretas, ni qué tipo de relación causal existe entre ambos mundos.
  • Las Ideas no son causas activas. Platón afirmaba que las Ideas son la causa de las cosas, pero es evidente que no pueden ser causas eficientes: no pueden mover ni transformar nada. Por eso, en el Timeo, Platón se vio obligado a introducir la figura mítica del Demiurgo, un creador que da forma a la materia. Para Aristóteles, esto demuestra que la teoría de las Ideas no puede explicar por sí sola el origen ni el cambio de las cosas.
  • El argumento del «tercer hombre». El propio Platón había reconocido en el Parménides la debilidad fundamental de la separación: si las cosas bellas participan de la Idea de Belleza, y tanto las cosas como la Idea tienen algo en común, hace falta una tercera entidad que explique ese elemento común, y luego una cuarta que explique lo que tienen en común la Idea y esa tercera entidad, y así hasta el infinito. Esta regresión al infinito —conocida como el argumento del «tercer hombre»— muestra que la relación de participación genera más problemas de los que resuelve. Aristóteles retoma y desarrolla esta crítica en varios libros de la Metafísica (especialmente I, VII, XIII y XIV) y en el tratado Sobre las Ideas, hoy perdido.
  • Fidelidad a la herencia de Sócrates. Aristóteles no rechaza por completo la herencia socrática y platónica: la ciencia debe buscar lo universal y necesario. Pero esos universales están en las cosas mismas, no fuera de ellas. Esta es la idea clave sobre la que construirá toda su lógica y su metafísica: la ciencia trata de lo universal, pero lo universal existe en lo individual.
  • Autocrítica del propio Platón. Como se ha indicado, fue el propio Platón quien en el Parménides sometió su teoría a una crítica devastadora que él mismo construyó. Además del argumento del tercer hombre, también se preguntó en ese diálogo si existen Ideas de cosas insignificantes —el barro, el pelo, la suciedad— y no supo responder. En el Sofista intentó dar vida al mundo de las Ideas incorporando el movimiento, la vida y el pensamiento, lo que tensiona su propio sistema. Aristóteles hereda estas dudas y las convierte en el punto de partida de su propia filosofía.

Objeciones

  • El problema de los universales. Si las esencias están en los individuos concretos y no en un mundo separado, ¿cómo llegamos a conocer lo universal? Aristóteles responde con la abstracción (aphairesis): el entendimiento extrae la forma universal de la experiencia sensible. Pero el mecanismo preciso de esa extracción —el llamado intelecto agente— queda oscuro y sin desarrollar del todo en su obra, como se verá en el problema 5.
  • ¿Qué ocurre con las esencias cuando el individuo muere? Si la forma existe solo en el compuesto de materia y forma, y ese compuesto se corrompe al morir, ¿desaparece la esencia? Aristóteles responde que la especie es eterna aunque los individuos sean corruptibles, pero no explica con claridad qué tipo de existencia tiene la forma universal cuando no está actualizada en ningún individuo concreto.

Conexión con otros autores

  • Platón es el interlocutor permanente de toda la filosofía aristotélica. Su postura es el punto de partida y el blanco de la crítica. Para Platón, separar las Ideas de las cosas era la única forma de garantizar el conocimiento objetivo y la moral universal; para Aristóteles, esa separación es precisamente lo que hace imposible explicar la realidad concreta.
  • Agustín reinterpreta las Ideas platónicas como pensamientos en la mente de Dios (rationes aeternae), salvando el contenido platónico dentro del marco cristiano. Acepta la separación que Aristóteles rechaza, pero la traslada al interior de la inteligencia divina en lugar de postular un mundo separado.
  • Tomás de Aquino intenta la síntesis: acepta la crítica aristotélica a la separación y defiende que las formas son inmanentes a las cosas, pero las fundamenta en la creación divina. Las esencias están en las cosas porque Dios las ha puesto en ellas al crearlas.
  • Descartes va en sentido contrario a Aristóteles: las ideas innatas —el cogito, la idea de Dios, las verdades matemáticas— son independientes de la experiencia sensible. En este punto, el racionalismo moderno es más platónico que aristotélico.
  • Kant establece una distinción que recuerda parcialmente a Platón: lo que conocemos son los fenómenos —la realidad tal como se nos aparece, condicionada por nuestras formas a priori—, no los noúmenos —las cosas en sí mismas—. Como Aristóteles, niega que podamos conocer un mundo suprasensible separado; pero, a diferencia de él, tampoco acepta que el mundo sensible nos dé acceso directo a las esencias tal como son en sí mismas.
  • Nietzsche llevará la crítica al mundo separado más lejos que nadie: postular un «mundo verdadero» eterno frente a este mundo cambiante es, para él, el origen del nihilismo occidental. En El crepúsculo de los ídolos narra cómo la filosofía inventó ese mundo verdadero para huir del real, y señala a Platón como el primer paso de ese error. Aristóteles, al devolver las esencias a las cosas concretas, es en este sentido un antecedente de la crítica nietzscheana.

PROBLEMA 2: ¿De qué está hecha la realidad? La teoría hilemórfica

El problema

Si lo verdaderamente real son los individuos concretos —y no las Ideas separadas—, ¿qué los constituye? ¿Cómo explicar que una cosa sea lo que es y que, al mismo tiempo, pueda cambiar sin dejar de ser ella misma? ¿Cómo conviven en un mismo ser la estabilidad de la esencia y el cambio continuo?

Tesis de Aristóteles

Todo ser concreto es un compuesto (sýnolon) de materia (hyle) y forma (morphé). Ninguna de las dos puede existir por sí sola en la realidad: la forma siempre está realizada en alguna materia, y la materia siempre tiene alguna forma. La forma es la esencia de la cosa —lo que la hace ser lo que es—; la materia es lo que la hace individual y singular —lo que la distingue de otros individuos de la misma especie—. Esta teoría recibe el nombre de hilemorfismo.

Argumentos

  • Sustancias primeras y sustancias segundas. Para Aristóteles, lo verdaderamente real y primero son las sustancias primeras (prótai ousíai): los individuos concretos —Sócrates, este caballo, este árbol—. Pero también habla de sustancias segundas (deúterai ousíai): las especies y géneros a los que pertenecen esos individuos —«hombre», «animal»—. La especie es más sustancia que el género porque está más cerca del individuo. La diferencia fundamental con Platón es que estas sustancias segundas no existen por sí mismas en un mundo separado, sino en los individuos: están en ellos, no aparte de ellos. Al decir «Sócrates es hombre», la especie se predica del individuo y no existe fuera de él: por eso el mundo en el que vivimos es real y la pluralidad de individuos y el cambio son reales.
  • La forma como esencia y la materia como principio de individuación. Lo que hace que un ser humano sea un ser humano no es una Idea separada, sino su forma —la especie «hombre»—, que existe en cada individuo concreto. La forma es la causa de que la cosa sea lo que es; la materia es la causa de que dos individuos de la misma especie sean distintos entre sí. Platón y Sócrates son distintos por su materia, pero iguales en su forma. La forma es la esencia permanente y definible; la materia es lo que hace a cada individuo único e indefinible en cuanto individuo.
  • La correspondencia con las causas material y formal. El par materia-forma corresponde directamente a dos de las cuatro causas que Aristóteles establece para explicar cualquier realidad: la causa material (hyle) —la materia de la que está hecho algo, como el bronce de una estatua— y la causa formal (eîdos o morphé) —la forma o estructura que define lo que una cosa es, como la figura de la estatua—. Esta conexión hace que el hilemorfismo y la teoría de las cuatro causas sean dos caras del mismo sistema. Las otras dos causas —eficiente y final— son necesarias para explicar el movimiento y se desarrollan en el problema siguiente.
  • La materia primera. Aristóteles habla también de una materia primera (próte hyle), totalmente indeterminada, sin forma, sin cualidades, sin tamaño, que no puede existir por sí misma sino únicamente en el compuesto con la forma. Es un concepto límite necesario para cerrar el sistema: si toda materia concreta ya tiene alguna forma, tiene que haber un sustrato último que sea pura receptividad sin determinación. Esta idea recuerda al ápeiron de Anaximandro y a la materia sin forma del Timeo de Platón.
  • Contra Parménides y contra Platón a la vez. Parménides negaba que hubiera cambio real porque el cambio implica pasar del ser al no-ser, lo que consideraba imposible. Platón explicaba el cambio desde dos mundos separados, lo que lo convertía en algo ajeno al mundo verdadero. Aristóteles integra el devenir dentro de la sustancia misma: la sustancia no es algo fijo y separado del cambio, sino que incluye en sí misma un proceso y un desarrollo. Lo que se genera o cambia es siempre un individuo concreto compuesto de materia y forma. Aristóteles se opone así tanto a Parménides —para quien el cambio es pura apariencia— como a Platón —para quien la verdadera sustancia es la Idea, única y eterna, fuera del devenir—.

Objeciones

  • ¿Puede la materia primera existir realmente? La materia primera, totalmente indeterminada y sin forma, es una abstracción límite que Aristóteles necesita para su teoría pero que nunca se da en la realidad observable. Tomás de Aquino la mantendrá, pero reconocerá que solo puede concebirse por abstracción, no observarse ni describirse positivamente de ningún modo.
  • La prioridad de la forma genera una tensión interna. Aristóteles afirma que la forma es la esencia de la cosa y que tiene prioridad ontológica sobre la materia —es más real que ella, más definible, más cognoscible—. Pero si la forma es lo principal y la materia es solo su soporte, ¿no estamos de vuelta a algo parecido al dualismo platónico, aunque sea dentro del individuo en lugar de entre dos mundos separados? La tensión entre la unidad del compuesto y la prioridad de la forma no está del todo resuelta.

Conexión con otros autores

  • Platón también distingue forma y materia en el Timeo, pero su Demiurgo impone la forma desde fuera y las formas existen separadamente como Ideas. Para Aristóteles, no hay Demiurgo: la forma es inmanente a la cosa misma y no puede existir sin ella.
  • Agustín y Tomás aceptan el hilemorfismo aristotélico pero lo integran en la teología de la creación: la materia y la forma existen porque Dios las crea. Tomás defenderá además que los ángeles son formas puras sin materia, siguiendo la lógica interna del sistema aristotélico hasta sus consecuencias teológicas.
  • Descartes abandona el hilemorfismo radicalmente. Para él, la realidad se divide en dos sustancias completamente distintas: res cogitans (alma, pensamiento) y res extensa (cuerpo, extensión). No hay forma que una cuerpo y alma en un solo compuesto: son dos cosas completamente diferentes que interactúan de un modo que Descartes no logra explicar satisfactoriamente, lo que abre el llamado problema mente-cuerpo de la filosofía moderna.
  • Marx retomará, aunque profundamente transformada, la idea de que lo material es el sustrato fundamental de la realidad. Pero para Marx no hay «forma» en el sentido aristotélico: la materia se explica por sus propias leyes históricas y económicas, sin necesidad de esencias eternas ni formas inmutables.

PROBLEMA 3: ¿Qué es el movimiento y hacia dónde tiende la realidad?

El problema

Si la realidad está compuesta de materia y forma, y los individuos concretos cambian constantemente, ¿cómo explicar el movimiento? ¿Tiene ese movimiento una dirección, un fin? ¿Y qué lo origina en última instancia? ¿Puede haber un movimiento eterno sin una causa primera?

Tesis de Aristóteles

El movimiento es el paso de la potencia al acto: la actualización de lo que estaba en posibilidad de ser. Toda la realidad es dinámica y está orientada hacia un fin (télos). En última instancia, el movimiento eterno del universo exige una causa primera que no sea movida por ninguna otra: el motor inmóvil, acto puro sin ninguna potencia.

Argumentos

  • Potencia y acto. Para explicar el cambio, Aristóteles introduce una nueva forma real de no-ser: la potencia (dýnamis). Parménides solo había trabajado con las ideas de «ser» y «no-ser», lo que le llevó a concluir que el Ser es único e inmóvil: el cambio implica pasar del ser al no-ser, y el no-ser no existe. Aristóteles supera ese planteamiento introduciendo una forma real de no-ser: la potencia. Un ser puede surgir no solo desde el no-ser absoluto sino desde el ser en potencia, que es un modo real aunque todavía no realizado. El cambio consiste entonces en pasar del ser en potencia al ser en acto (enérgeia / entelécheia). La semilla es árbol en potencia; el árbol adulto es el árbol en acto. La potencia puede ser activa —el poder de producir un efecto en otra cosa— o pasiva —la capacidad de recibir una acción o cambiar de estado—.
  • El acto tiene prioridad absoluta sobre la potencia. Solo podemos entender la potencia como potencia de algo que ya existe en acto. Aunque la semilla parece anterior al árbol, la semilla procede de un árbol que ya estaba en acto. Además, la entelécheia —el estado de perfección alcanzado— es el fin hacia el que tiende la potencia. No vemos porque tenemos vista, sino que tenemos vista para poder ver. Esto muestra que la visión del mundo aristotélica es esencialmente teleológica: todo está orientado a su propia perfección. La estructura potencia-acto es paralela a la de materia-forma: la materia está en potencia de recibir la forma, y la forma es lo que la actualiza.
  • Las cuatro causas. Conocer algo científicamente significa conocer sus causas. Aristóteles establece cuatro tipos que completan el hilemorfismo del problema anterior añadiéndole la dimensión dinámica:
    – Causa material (hyle): la materia de la que está hecho algo, como el bronce de una estatua.
    – Causa formal (eîdos o morphé): la forma o estructura que define lo que una cosa es, como la figura de la estatua.
    – Causa eficiente (tò kinêsan): lo que produce el movimiento o el cambio, como el escultor que talla la estatua.
    – Causa final (télos): el fin u objetivo por el que algo existe, como adornar un templo.
    En los seres vivos, estas cuatro causas convergen en la forma: ella impulsa el desarrollo del ser desde dentro y es al mismo tiempo su perfección final. Los filósofos anteriores solo habían visto algunas de estas causas: los jonios se fijaron en la materia, Empédocles y Anaxágoras mencionaron el principio del movimiento, Platón habló de la forma pero sin integrarla del todo en el mundo físico. La causa final no fue reconocida claramente por ninguno de ellos. Aristóteles considera que su teoría de las cuatro causas es la única completa.
  • El primer motor inmóvil. En la Física, Aristóteles argumenta que el movimiento eterno del universo necesita una causa primera que lo explique. Formula un principio general: «todo lo que se mueve es movido por otro». Si algo está en movimiento, es porque otro ser lo está moviendo. Esa cadena no puede ser infinita: tiene que haber un primer motor que no sea movido por ningún otro. Este motor mueve desde siempre, por lo que el movimiento del mundo también es eterno. En la Física, el primer motor se presenta sobre todo como causa eficiente: como aquello que provoca el movimiento en contacto con la última esfera del cosmos sin verse afectado por lo que toca. En la Metafísica (libro XII), Aristóteles añade una dimensión nueva: el primer motor ya no actúa solo como causa eficiente sino como causa final. Lo que mueve no es una fuerza directa, sino que mueve como objeto de deseo: el mundo se mueve porque tiende hacia él, como si lo amara o deseara. El primer motor está totalmente separado del mundo. Es acto puro, no tiene materia, y es un ser perfecto: vive, es feliz y se basta a sí mismo. Aristóteles lo define como una inteligencia que se piensa a sí misma y nada más que a sí misma.
  • La cosmología. La física y el motor inmóvil desembocan en una cosmología geocéntrica y dualista —no entre dos mundos como en Platón, sino entre dos regiones dentro del único universo— que dominó el pensamiento occidental durante casi dos mil años. El mundo supralunar está formado por los astros, seres perfectos e incorruptibles hechos de una quinta sustancia especial, el éter, que no se corrompe ni cambia de cualidad. Los astros se mueven en círculos perfectos y eternos, cada uno insertado en una esfera de éter movida por un motor inmóvil propio. En el centro de todo está la Tierra, una esfera inmóvil. El mundo sublunar es el mundo del cambio, la generación y la corrupción. Todo está compuesto de cuatro elementos —fuego, aire, agua y tierra— que pueden transformarse unos en otros porque cada uno combina dos cualidades opuestas: el fuego es cálido y seco; el aire, cálido y húmedo; el agua, fría y húmeda; la tierra, fría y seca. Cada elemento tiene un lugar natural al que tiende: el fuego y el aire son ligeros y suben; el agua y la tierra son pesados y bajan hacia el centro del universo. Este movimiento natural hacia el lugar propio explica por qué las cosas caen o suben sin necesidad de un empujón externo. De todo ello resulta una visión jerárquica y teleológica del universo: los seres inmateriales e inmóviles arriba del todo, los astros perfectos e incorruptibles después, y los seres corruptibles del mundo sublunar en la base. La cosmología de Aristóteles es además esencialista —todo se explica a partir de las cualidades internas de los cuerpos— y fundamentalmente deductiva: afirmaba, por ejemplo, que el cielo es esférico porque la esfera es la figura más perfecta, no porque lo hubiera observado sistemáticamente.
  • Tensiones en el propio Aristóteles. La distinción entre el primer motor como causa eficiente en la Física y como causa final en la Metafísica no está completamente resuelta. Además, la afirmación de que el tiempo y el movimiento son eternos —sin principio ni fin— entró en conflicto directo con la cosmología cristiana de la creación ex nihilo y generó enormes controversias durante toda la Edad Media.

Objeciones

  • Hume atacará el fundamento del argumento del primer motor: no podemos observar ninguna conexión necesaria entre causa y efecto; solo vemos que un evento sigue a otro con regularidad. Si la causalidad misma es cuestionable, el argumento del primer motor se debilita considerablemente: no podemos probar que la cadena de causas exija necesariamente un primer término no causado.
  • El problema de la excepción. Si «todo lo que se mueve es movido por otro», ¿por qué el primer motor escapa a esa regla? Aristóteles responde que es acto puro —sin potencia, sin materia— y que por tanto no puede ser movido. Pero la excepcionalidad del primer motor parece introducida para detener la regresión, no demostrada de forma independiente.

Conexión con otros autores

  • Platón también propone una causa teleológica del universo —el Demiurgo que actúa con un propósito bueno—, pero se trata de una causa eficiente mítica, no de una causa final como el motor inmóvil aristotélico. El Demiurgo platónico crea; el motor inmóvil aristotélico atrae.
  • Agustín y Tomás integran el motor inmóvil en la teología cristiana. Tomás lo retoma directamente en la segunda vía —la serie de causas eficientes debe tener un primer término no causado— y en la quinta vía —el orden del universo indica una inteligencia ordenadora—. Para Tomás, ese primer motor es el Dios cristiano que crea de la nada, aunque con ello corrige a Aristóteles, para quien el universo es eterno.
  • Descartes abandona la física teleológica: el universo es una máquina regida por leyes mecánicas y matemáticas, no un conjunto de seres orientados a fines. Dios crea el universo y garantiza sus leyes, pero no lo guía teleológicamente ni tiene propósito alguno inscrito en la naturaleza.
  • Hume desmonta sistemáticamente el argumento cosmológico en los Diálogos sobre religión natural: de la contingencia de los seres del mundo no se sigue la existencia de un ser necesario, y la noción misma de causalidad necesaria es problemática. El argumento del motor inmóvil aristotélico, y las vías tomistas que se apoyan en él, quedan seriamente cuestionados.

PROBLEMA 4: ¿Qué es el ser humano? ¿Puede el alma sobrevivir al cuerpo?

El problema

Para Platón, el alma es una realidad inmaterial que existe antes de unirse al cuerpo y puede sobrevivir a su muerte: el ser humano es esencialmente su alma. Aristóteles aplica al ser humano su teoría hilemórfica y llega a conclusiones radicalmente distintas. ¿Puede el alma separarse del cuerpo? ¿Es el ser humano esencialmente un alma o un compuesto indisoluble de alma y cuerpo?

Tesis de Aristóteles

El alma (psyché) es la forma del cuerpo: su principio organizador y su esencia. No es una sustancia independiente que habita el cuerpo como el piloto la nave, sino lo que hace que el cuerpo sea un organismo vivo. Cuerpo y alma forman juntos una única sustancia, y el alma no puede existir separada del cuerpo, como tampoco puede existir la vista separada del ojo. Aristóteles lo expresa con una imagen muy clara en Sobre el alma: «Si el ojo fuera un animal, la vista sería su alma».

Argumentos

  • Aplicación del hilemorfismo. El cuerpo es la materia y el alma es la forma de un cuerpo organizado. Así como la forma de la estatua no puede existir sin el bronce que la sustenta, el alma no puede existir sin el cuerpo que le da soporte material. Separar el alma del cuerpo es como intentar separar la blandura de la cera: sin la cera, no hay blandura; sin el cuerpo, no hay alma. El alma no es algo que esté «dentro» del cuerpo: es lo que hace que ese cuerpo sea un ser vivo organizado.
  • Contra la reencarnación. La doctrina pitagórica y platónica de la metempsicosis le parece a Aristóteles absurda: si el alma es la forma de un cuerpo concreto y específico, no puede encarnar en cualquier cuerpo. El alma no es intercambiable entre cuerpos distintos, igual que la vista no puede trasladarse de unos ojos a otros. No es el alma la que siente o piensa, sino que es el ser humano entero el que siente y piensa gracias al alma.
  • Las tres funciones del alma. El alma no es una sustancia única e indivisible sino un conjunto de funciones o capacidades organizadas jerárquicamente. Los seres vivos se distinguen por cuántas de estas funciones poseen:
    – Función nutritiva (threptikón): propia de todos los seres vivos, incluidas las plantas; permite nutrirse, crecer y reproducirse.
    – Función sensitiva (aisthetikón): propia de los animales; incluye la percepción sensible, el apetito y el movimiento local.
    – Función pensante (noetikón): exclusiva del ser humano; permite el pensamiento abstracto y racional.
    Esta jerarquía implica que todos los seres vivos tienen alma —no solo los seres humanos— entendida como el principio organizador de la vida. Es la llamada concepción aristotélica del alma, frente a la concepción platónica, que identificaba el alma únicamente con la razón inmortal.
  • El intelecto agente. Sin embargo, en Sobre el alma Aristóteles introduce una excepción sorprendente: el intelecto agente (nous poietikós), que describe como «separado, inmortal y eterno». A diferencia del intelecto paciente —que puede recibir las formas universales y conocerlas siendo afectado por ellas—, el intelecto agente produce esos inteligibles y los pone en acto, como la luz que hace visibles los colores. Su papel en la teoría del conocimiento se desarrolla en el problema siguiente. Aquí importa señalar que su presencia en la obra parece contradecir la negación general de la inmortalidad del alma: Aristóteles no resuelve esta tensión, y ha generado siglos de debate. Alejandro de Afrodisia, hacia el año 200 d. C., lo identificó con Dios. Avicena, en el siglo XI, lo entendió como la razón divina presente en el hombre. Tal vez sea un residuo de la formación platónica de Aristóteles que nunca llegó a integrar del todo en su sistema.
  • Tensiones en el propio Aristóteles. La evolución de su pensamiento sobre el alma es muy significativa. En sus obras de juventud —el Eudemo y el Protréptico— defendía una visión dualista cercana a la de Platón: el alma racional es inmortal y el cuerpo es una cárcel. Solo en su etapa madura aplica el hilemorfismo y se acerca a negar la inmortalidad del alma en la Ética a Nicómaco. El intelecto agente de Sobre el alma queda como una tensión no resuelta entre ambas etapas de su pensamiento.

Objeciones

  • Si el alma muere con el cuerpo, ¿qué sentido tiene la moral? Agustín y Tomás señalarán que una ética sin inmortalidad carece de fundamento último: si la muerte lo es todo, ¿por qué actuar virtuosamente cuando el vicio resulta más ventajoso a corto plazo?
  • La inmortalidad del intelecto agente contradice el hilemorfismo. La afirmación de que existe algo en el ser humano que es «separado, inmortal y eterno» parece incompatible con la tesis de que el alma es la forma del cuerpo y perece con él. O el alma es la forma del cuerpo y no puede separarse de él, o hay algo en el alma que es inmortal. Aristóteles no resuelve esta tensión, lo que convierte al intelecto agente en uno de los conceptos más debatidos de toda la historia de la filosofía.

Conexión con otros autores

  • Platón defiende el polo opuesto: el alma es la verdadera realidad del ser humano, el cuerpo es su cárcel, y la separación al morir es la liberación que el filósofo ha estado preparando toda su vida mediante el ejercicio de la razón y el distanciamiento de los placeres corporales. Los argumentos del Fedón por la inmortalidad quedan directamente cuestionados por la teoría hilemórfica aristotélica.
  • Agustín acepta la inmortalidad del alma pero la reformula en clave cristiana: el alma no preexiste al cuerpo sino que es creada por Dios, y su inmortalidad no es una propiedad natural sino un don divino. El cuerpo no es una cárcel: resucitará glorificado al final de los tiempos, lo que supone una valoración del cuerpo más cercana a Aristóteles que a Platón.
  • Descartes va más lejos que Platón en el dualismo: alma (res cogitans) y cuerpo (res extensa) son dos sustancias completamente distintas e independientes. La pregunta de cómo interactúan —que Aristóteles resolvía negando la separación— se convierte en el gran problema irresuelto del cartesianismo, que Descartes intentó solucionar localizando la interacción en la glándula pineal sin éxito convincente.
  • Marx invierte la relación: el ser humano no es un alma que piensa sino un ser que trabaja y transforma la naturaleza. La conciencia no determina la vida material, sino al contrario. Pero Marx elimina también la forma aristotélica: lo que explica al ser humano no es ninguna esencia eterna sino sus condiciones históricas de producción.
  • Nietzsche recupera la dignidad del cuerpo contra la tradición platónica y cristiana: el cuerpo no es una cárcel sino la expresión más auténtica de lo que somos. Los instintos, las pasiones y la salud corporal no son obstáculos para la vida buena sino su manifestación más directa. En este rechazo del dualismo alma-cuerpo, aunque desde presupuestos muy distintos, coincide con la posición aristotélica.
  • Arendt recuperará, frente a la vita contemplativa platónica, la dignidad de la vita activa —la acción política, el trabajo y la labor— como modos de ser humano irreductibles a la contemplación de ningún mundo inteligible. Este punto conecta directamente con el problema 7 sobre política.

PROBLEMA 5: ¿Cómo conocemos? ¿Cuál es el papel de los sentidos?

El problema

Platón desconfiaba de los sentidos y situaba el origen del conocimiento en una vida anterior del alma en el mundo de las Ideas: conocer es recordar. Aristóteles parte de una convicción radicalmente distinta: no hay más mundo que este, y el conocimiento debe empezar precisamente donde empieza la experiencia. ¿Pueden los sentidos ser el punto de partida del conocimiento verdadero? ¿Cómo pasamos de la experiencia particular a los principios universales?

Tesis de Aristóteles

Todo conocimiento comienza en la experiencia sensible. No hay ideas innatas ni reminiscencia de una vida anterior. Las esencias universales están en las cosas mismas, y el entendimiento las extrae de la experiencia mediante un proceso de abstracción (aphairesis). Aristóteles adopta así una postura claramente empirista frente al racionalismo platónico.

Argumentos

  • Los sentidos captan la forma sin la materia. Sentir consiste en que los órganos de los sentidos captan la forma sensible de los objetos sin su materia, de manera semejante a como la cera recibe la forma del anillo sin recibir el metal. Los sentidos no nos dan la materia de las cosas sino sus formas sensibles: los colores, los sonidos, los sabores, las texturas. Al contemplar un bosque, el ojo capta sus formas —colores, contornos— de manera inmaterial. En ese momento, como dice Aristóteles, el ojo «es» bosque.
  • La imaginación como puente. Entre la sensación y el pensamiento actúa la imaginación (phantasía): la capacidad de retener y combinar las imágenes que nos han dado los sentidos. Para Aristóteles, el alma no puede pensar sin imágenes: «las formas inteligibles existen en las formas sensibles», y en ausencia de toda sensación no es posible conocer ni comprender nada. Esta afirmación es el polo opuesto de la anamnesis platónica.
  • La inducción y la abstracción. A partir de muchas sensaciones individuales, acumulamos recuerdos y experiencias. Por inducción (epagogé) —partiendo de casos particulares para llegar a una conclusión universal— y gracias al intelecto agente, llegamos a descubrir la esencia universal que está en los individuos concretos. El ojo ve a Sócrates, pero el entendimiento piensa en «el hombre»: la forma o esencia común a todos los hombres. Esa forma universal no está en otro mundo separado, como decía Platón, sino en la materia, en los individuos concretos, de donde el entendimiento la extrae. En principio, Aristóteles concibe la inducción como completa —basada en la enumeración de todos los casos posibles—, pero en algunos pasajes habla también de una inducción a partir de un solo caso que permite captar por intuición los primeros principios.
  • El entendimiento posible y el intelecto agente. El proceso de abstracción requiere distinguir dos tipos de entendimiento, cuya relación con el alma ya se ha señalado en el problema 4. El entendimiento posible o paciente (nous pathetikós) puede recibir las formas universales y conocerlas, de manera semejante a como una tablilla de cera puede recibir cualquier inscripción. El intelecto agente (nous poietikós) produce esos inteligibles y los pone en acto, como la luz que hace visibles los colores que ya estaban en los objetos pero permanecían invisibles en la oscuridad. Sin la luz no hay colores visibles aunque los objetos tengan sus colores propios; sin el intelecto agente no hay inteligibles aunque las formas estén en las cosas. Aristóteles describe este intelecto agente como «separado, inmortal y eterno» en Sobre el alma, aunque no desarrolla esta afirmación y no la integra claramente en el resto de su sistema.
  • Tensiones en el propio Aristóteles. Su física y su cosmología no eran empíricas sino deductivas y esencialistas: afirmaba, por ejemplo, que el cielo es esférico porque la esfera es la figura más perfecta, no porque lo hubiera observado sistemáticamente. Este contraste entre el programa empirista de su teoría del conocimiento y la práctica deductiva de su ciencia natural es una de sus grandes tensiones internas, y también la razón por la que su cosmología pudo mantenerse durante casi dos mil años sin cuestionamiento empírico serio.

Objeciones

  • La inducción no garantiza la verdad universal. Si el conocimiento comienza en los sentidos y asciende por inducción hasta los principios universales, ¿cómo podemos estar seguros de que esos principios son verdaderamente necesarios y no meramente generales? Hume señalará que la inducción solo da generalidad de hecho —lo que ha ocurrido siempre hasta ahora— pero nunca necesidad lógica —lo que tiene que ocurrir—. No hay garantía de que el futuro se parezca al pasado.
  • El intelecto agente como elemento de ruptura. Si el intelecto agente es «separado, inmortal y eterno», parece una instancia trascendente que contradice el punto de partida empirista del sistema. El conocimiento ya no sería una simple extracción de formas de la experiencia, sino que requeriría una facultad que va más allá de cualquier experiencia sensible. Este es uno de los puntos más debatidos de toda la filosofía aristotélica.

Conexión con otros autores

  • Platón defiende el polo opuesto: el conocimiento verdadero no pasa por los sentidos sino por la reminiscencia de las Ideas contempladas antes de nacer. Los sentidos solo producen opinión (dóxa), no ciencia (epistéme). Aristóteles invierte completamente este planteamiento: sin sensación no hay conocimiento.
  • Agustín reinterpreta la posición platónica en clave cristiana: no se trata de reminiscencia sino de iluminación divina. Dios ilumina directamente nuestra mente con las verdades eternas. El conocimiento de los principios universales no viene de la experiencia sino de Dios, lo que recuerda estructuralmente al intelecto agente aristotélico más que a la anamnesis platónica.
  • Descartes es radicalmente racionalista: los sentidos son fuentes de error y engaño. El conocimiento seguro es el que la razón obtiene con independencia de ellos, a partir de ideas innatas —el cogito, la idea de Dios, las verdades matemáticas—. Su punto de partida es la desconfianza en los sentidos que Aristóteles rechazaba.
  • Hume radicaliza el empirismo aristotélico hasta sus últimas consecuencias: toda idea debe poder reducirse a una impresión sensible previa. Lo que no tenga ese respaldo es una ficción sin contenido. Esto lleva a Hume a negar que podamos conocer la causalidad necesaria, la sustancia o la identidad personal —conceptos que Aristóteles usaba sin cuestionarlos—.
  • Kant propone la síntesis definitiva entre racionalismo y empirismo: hay estructuras a priori en la mente —espacio, tiempo, categorías del entendimiento— que no vienen de la experiencia, como en Descartes; pero que solo funcionan aplicadas a datos sensibles, como en Aristóteles y Hume. Sin experiencia, las categorías están vacías; sin categorías, la experiencia es ciega.
  • Ortega y Gasset señalará que todo conocimiento está situado en una perspectiva concreta desde la que el sujeto conoce: no hay contemplación pura desde ningún lugar. La perspectiva no es un defectodel conocimiento humano sino su condición irrenunciable. Esto cuestiona tanto la anamnesis platónica —que pretende un conocimiento sub specie aeternitatis— como la abstracción aristotélica, que supone que el entendimiento puede extraer esencias universales por encima de cualquier punto de vista situado históricamente.

PROBLEMA 6: ¿En qué consiste la felicidad? ¿Cómo se alcanza la vida buena?

El problema

Platón fundamentaba la ética en el conocimiento de la Idea de Bien: la virtud es saber, y quien contempla el Bien actúa necesariamente de forma justa. Aristóteles rechaza esta concepción idealista y propone una ética más arraigada en la experiencia humana concreta. ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo se alcanza? ¿Basta con conocer el bien para actuar bien?

Tesis de Aristóteles

La felicidad (eudaimonía) es la actividad propia del ser humano realizada de forma plena y guiada por la virtud. La virtud (areté) no consiste en contemplar ninguna Idea separada, sino en una disposición estable (héxis) del alma adquirida con la práctica, que consiste en encontrar el término medio (méson) entre dos extremos igualmente negativos. Su versión definitiva sobre estas cuestiones es la Ética a Nicómaco.

Argumentos

  • El rechazo del Bien platónico. Para Aristóteles, no existe un único Bien universal y separado de las cosas, como afirmaba Platón. Hay muchos bienes distintos, y la ética no puede abordarse de forma puramente teórica: hay que partir de los hechos, de la experiencia moral. Buscar el Bien en sí platónico es una abstracción que no ayuda al médico a curar ni al político a gobernar. Aristóteles comienza la Ética a Nicómaco preguntando cuál es el bien supremo al que aspiran todas nuestras acciones, y su respuesta es empírica: todos coinciden en que es la felicidad, aunque no coinciden en qué consiste.
  • El argumento de la función. Cada cosa tiene una actividad que le es propia: el bien del flautista es tocar bien la flauta, y el bien del médico es curar bien. ¿Cuál es la actividad propia del ser humano como ser humano? No el mero vivir —que comparte con los animales y las plantas— ni la sensación —que comparte con los animales—, sino la actividad del alma guiada por la razón. Por eso, la felicidad es la actividad del alma dirigida por la virtud: no el placer, no la riqueza, no el honor, sino el ejercicio excelente de lo que nos hace específicamente humanos.
  • El papel de los bienes externos. Aristóteles reconoce explícitamente en la Ética a Nicómaco que la felicidad no puede prescindir del todo de ciertos bienes externos: la salud, los amigos, recursos materiales mínimos y un mínimo de fortuna. Una vida de extrema pobreza, enfermedad o aislamiento no puede ser plenamente feliz aunque el carácter sea virtuoso. Este matiz separa a Aristóteles de cualquier ética que reduzca la felicidad a un estado puramente interior, como la estoica o la kantiana. La eudaimonía no es solo una disposición interna del alma: requiere también unas condiciones externas mínimas.
  • La virtud como hábito adquirido. Frente a Sócrates, que creía que la virtud consiste solo en conocer lo que está bien, Aristóteles insiste en que la virtud exige también la voluntad y la práctica repetida. Una persona actúa virtuosamente solo si sabe lo que está haciendo, decide libremente hacerlo, prefiere esa acción por sí misma y actúa con firmeza y de forma constante. La virtud no se da de forma natural ni basta con recibirla mediante enseñanza: se adquiere con la repetición. Solo se llega a ser justo practicando repetidamente actos de justicia, del mismo modo que un músico solo se hace virtuoso tocando su instrumento continuamente.
  • El término medio. Aristóteles define la virtud como una disposición voluntaria que consiste en un término medio relativo a cada persona y definido por la razón. Este término medio no es una media aritmética entre los extremos, ni debe confundirse con la mediocridad: en relación con lo que es bueno y perfecto, la virtud ocupa el punto más elevado. El término medio no puede definirse de forma abstracta y universal: depende de cada situación y de cada persona. Por eso será el hombre sensato (spoudaios) quien sepa encontrarlo en cada caso concreto: es él, y no una norma abstracta, la referencia última de la ética aristotélica.
  • Las virtudes principales. Aristóteles distingue dos tipos:
    – Entre las virtudes morales o éticas: la fortaleza (andreía) —término medio entre la cobardía y la temeridad; el valiente no es quien no siente miedo, sino quien lo domina cuando debe—; la templanza (sophrosyne) —término medio entre el desenfreno y la insensibilidad ante los placeres del cuerpo—; y la justicia (dikaiosyne) —virtud distinta y más compleja porque regula nuestra relación con los demás; Aristóteles la divide en distributiva —que reparte bienes o cargas de forma proporcional al mérito o la necesidad— y conmutativa —que regula los intercambios buscando la igualdad estricta—.
    – Entre las virtudes intelectuales o dianoéticas: la prudencia (phrónesis) —la capacidad de deliberar bien sobre lo que conviene en cada situación concreta, virtud del hombre sensato que sabe encontrar el término medio— y la sabiduría (sophía) —el grado más alto de perfección intelectual, reservada al filósofo que ejercita la contemplación teórica—.
  • El bios politikós y el bios theoretikós. Aristóteles distingue al final de la Ética a Nicómaco dos formas de vida que aspiran a la felicidad plena. La vida activa del ciudadano virtuoso (bios politikós) alcanza la eudaimonía a través de la acción justa y el ejercicio de las virtudes morales en la comunidad política. La vida contemplativa del filósofo (bios theoretikós) ejercita la sabiduría teórica, que Aristóteles acaba situando como la actividad más feliz de todas: es la más continua, la más placentera, la más autosuficiente, la que más se parece a la vida del motor inmóvil.
  • Tensiones en el propio Aristóteles. Si el ser humano es esencialmente un animal político que solo se realiza en comunidad, ¿cómo puede ser la vida contemplativa —solitaria e interior— la más perfecta?

Objeciones

  • El término medio puede derivar en relativismo. Si el término medio depende de cada persona y situación, y solo el hombre sensato puede encontrarlo, ¿notamos acaso una forma encubierta de relativismo moral? ¿Quién decide quién es el hombre sensato y qué es lo correcto en cada caso? La respuesta de Aristóteles —que el hombre sensato es quien ha adquirido la virtud mediante la práctica— no evita una cierta circularidad.
  • Hume señalará que la razón por sí sola no puede motivar la acción moral ni derivar obligaciones de hechos. De la definición de la función del ser humano no se sigue ninguna obligación de realizarla. Los juicios morales no son conocimientos racionales sino expresiones de sentimientos de aprobación o rechazo que la razón puede orientar pero no crear.

Conexión con otros autores

  • Platón coincide con Aristóteles en que la felicidad consiste en la armonía del alma gobernada por la razón y en que la virtud tiene un fundamento objetivo. Pero fundamenta la ética en el conocimiento de la Idea de Bien —una realidad eterna y separada— y reduce en exceso la virtud al conocimiento intelectual, ignorando el papel del hábito, la práctica y los bienes externos.
  • Rousseau contrasta con Aristóteles en un punto fundamental: para Aristóteles la sociedad es el medio en el que el ser humano se hace virtuoso a través de la educación y el hábito; para Rousseau la sociedad es precisamente el origen de la corrupción moral. El ser humano es bueno por naturaleza y la civilización lo pervierte.
  • Agustín y Tomás aceptan la ética aristotélica de la virtud pero la integran en un marco teológico: las virtudes naturales quedan ordenadas hacia un fin sobrenatural, la salvación. Tomás añade las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— que la razón natural no puede alcanzar por sí sola, y sitúa la felicidad perfecta no en la contemplación filosófica sino en la visión beatífica de Dios.
  • Hume reduce la moral a sentimientos: los juicios morales no son verdades racionales sino expresiones de aprobación o rechazo que compartimos gracias a la simpatía con los demás. La virtud es lo que la humanidad aprueba de forma generalizada, no lo que la razón define como término medio.
  • Kant comparte la búsqueda de una moral objetiva y universal, pero la fundamenta de modo radicalmente distinto: no en el bien del alma ni en la felicidad sino en la razón práctica que se da a sí misma la ley moral. El imperativo categórico no depende de ninguna inclinación ni de ningún fin externo, sino únicamente de la forma racional de la voluntad. Para Kant, la ética aristotélica de la eudaimonía es una ética de la felicidad, no de la moralidad estricta.
  • Nietzsche admirará el aristocratismo implícito en la ética de la virtud —la idea de que la excelencia (areté) no está al alcance de todos— pero rechazará el término medio como ideal de mediocridad. La voluntad de poder no busca equilibrio sino superación, desbordamiento y creación de nuevos valores. La sophrosyne aristotélica le parecería un ideal de contención que niega la vida.
  • Marx verá en cualquier ética de la virtud una forma de ideología: los valores que una sociedad llama «virtuosos» reflejan los intereses de su clase dominante. La eudaimonía aristotélica era la felicidad del ciudadano libre de una sociedad esclavista; sus condiciones de posibilidad incluían la existencia de esclavos que hacían el trabajo material.

PROBLEMA 7: ¿Es el ser humano un ser social por naturaleza? ¿Cuál es el mejor gobierno?

El problema

Platón defendía un Estado ideal gobernado por filósofos-reyes que conocen la Idea de Bien. Aristóteles rechaza ese modelo como una abstracción utópica y propone una política empírica, basada en el estudio de las constituciones reales. ¿Es la vida política natural o artificial? ¿Y cuál es el mejor régimen político?

Tesis de Aristóteles

El ser humano es por naturaleza un «animal político» (politikón zôon): un ser que solo puede realizarse plenamente en la comunidad política. El Estado es anterior por naturaleza al individuo y a la familia, porque el todo es siempre anterior a sus partes. No existe ningún modelo político ideal universal: el mejor gobierno depende de las circunstancias concretas de cada pueblo. Esta teoría se expone en la Política.

Argumentos

  • El Estado como realidad natural. Aristóteles defiende una visión organicista de la sociedad: el Estado no es una invención artificial ni el resultado de un contrato entre individuos prepolíticos. Es la realización más plena de la naturaleza social del ser humano, anterior a la familia y al individuo como el todo lo es a sus partes. Así como la mano separada del cuerpo deja de ser una mano —porque su función solo se cumple en relación con el organismo entero—, el individuo separado de la comunidad política deja de poder ser verdaderamente humano. Quien no necesita la ciudad es o un dios o una bestia, pero no un ser humano.
  • El lenguaje como fundamento de la política. Lo que distingue al ser humano de los demás animales es el lenguaje (lógos). Los animales poseen voz para comunicar placer y dolor. Los seres humanos poseen lógos para dialogar sobre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo perjudicial. Esta capacidad de reflexión y comunicación moral es lo que da origen primero a la familia, luego a la aldea y, finalmente, al Estado. La política no es una superestructura artificial sobre una naturaleza presocial: está inscrita en la naturaleza racional del ser humano.
  • La autosuficiencia del Estado. Solo el Estado es autosuficiente (autárkeia): solo en él puede el ser humano alcanzar la verdadera felicidad y la perfección moral. La ética desemboca en la política: nadie puede llegar a ser virtuoso sin una adecuada educación, y esa tarea educativa corresponde al Estado. Por eso Aristóteles afirma que el bien colectivo tiene un carácter «más bello y más divino» que el individual.
  • Contra el modelo platónico. A diferencia de Platón, Aristóteles no presenta una ciudad ideal como modelo perfecto válido en todo tiempo y lugar. La política no es una ciencia teórica sino empírica y práctica: hay que partir del estudio de las constituciones reales y de las circunstancias concretas de cada pueblo. Para ello, encargó a sus discípulos un análisis detallado de 158 constituciones de ciudades griegas.
  • Las formas de gobierno. Aristóteles retoma la clasificación de las formas de gobierno en tres correctas —en las que se gobierna en beneficio del bien común— y tres degeneradas —en las que se gobierna en beneficio propio—: Formas correctas: Monarquía (gobierno de uno justo), Aristocracia (gobierno de los mejores), Politeía (gobierno constitucional). Formas degeneradas: Tiranía, Oligarquía, Demagogia. Aristóteles no da prioridad abstracta a ninguna forma de gobierno: tiene en cuenta la geografía, la economía y el carácter de cada pueblo. Sin embargo, su pragmatismo le lleva a valorar especialmente la politeía: un régimen mixto basado en las clases medias y en la ley, que encarna en política el mismo principio que en ética define la virtud: el término medio entre la oligarquía —dominio de los ricos— y la demagogia —dominio de los pobres sin ley—.
  • Tensiones en el propio Aristóteles. Su defensa de la polis griega tiene una ironía histórica notable: la escribió precisamente cuando su antiguo alumno Alejandro Magno estaba destruyendo ese modelo de ciudad-Estado con sus conquistas imperiales. Hay además un límite moral grave en su pensamiento: Aristóteles defendía la esclavitud como natural, afirmando que algunos seres humanos son esclavos por naturaleza porque carecen de la capacidad racional plena para gobernarse a sí mismos. También excluía a las mujeres del pleno ejercicio de la ciudadanía, posición en la que Platón —al menos en la República— había sido más avanzado.

Objeciones

  • ¿Es realmente «natural» la vida política? La afirmación de que el Estado es anterior por naturaleza al individuo puede justificar cualquier régimen existente como expresión de la naturaleza humana. Rousseau y los pensadores contractualistas modernos argumentarán que el Estado es una construcción artificial —y potencialmente opresiva— que puede y debe cuestionarse cuando no sirve al bien de los ciudadanos.
  • La esclavitud como «natural» es filosóficamente insostenible. Afirmar que algunos seres humanos son esclavos por naturaleza no es solo moralmente inaceptable: es una circularidad filosófica. Que alguien sea esclavo no prueba que sea incapaz de racionalidad por naturaleza; el argumento confunde la situación histórica con la condición natural.
  • El relativismo político como consecuencia. Si el mejor gobierno depende siempre de las circunstancias concretas de cada pueblo, ¿hay algún criterio universal de justicia política? La respuesta aristotélica —gobernar en beneficio del bien común— es necesaria pero insuficiente: ¿quién decide qué es el bien común?

Conexión con otros autores

  • Platón y Aristóteles comparten el proyecto fundamental de pensar la relación entre conocimiento, virtud y ciudad justa. Pero mientras Platón busca el Estado perfecto en el mundo de las Ideas y lo confía al filósofo-rey, Aristóteles lo busca en el estudio empírico de los Estados reales y lo confía a la prudencia práctica de ciudadanos bien educados.
  • Agustín introduce una ruptura radical: ningún Estado humano puede alcanzar la verdadera justicia, porque todos están marcados por el pecado. La ciudad terrena y la ciudad de Dios coexisten mezcladas en este mundo y solo se separarán al final de los tiempos. El horizonte de la política deja de ser la felicidad en esta vida y se convierte en la salvación eterna.
  • Rousseau comparte con Aristóteles la idea de que la política debe orientarse al bien común, pero rechaza radicalmente que la sociedad y la desigualdad sean naturales. Para Rousseau, el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. La legitimidad política viene de la voluntad general del pueblo, libremente expresada.
  • Hume señala que la justicia y el gobierno no son realidades naturales sino convenciones que los seres humanos establecen porque les resultan útiles. No hay ningún instinto político natural: la sociedad surge de la experiencia acumulada de que vivir juntos bajo reglas es más beneficioso.
  • Kant defiende una constitución republicana basada en el derecho universal y la separación de poderes. El Estado debe garantizar la libertad de cada ciudadano como fin en sí mismo, no solo perseguir la virtud o el bien común en el sentido aristotélico. La dignidad racional de cada persona exige que nunca sea tratada como medio.
  • Marx desmonta la pretensión de naturalidad del Estado aristotélico: el Estado no es una realidad natural orientada al bien común sino un instrumento de dominación de clase que protege los intereses de los propietarios frente a los trabajadores. La «naturalidad» de la esclavitud que defendía Aristóteles es para Marx el ejemplo más claro de ideología dominante.
  • Arendt es, entre todos los autores del currículo, la más cercana a Aristóteles en política. Comparte con él la idea de que la política es el espacio específico de la acción humana libre y plural —el bios politikós—. Pero va más allá: lo que hace valiosa la política no es que produzca virtud ni felicidad, sino que es el espacio donde los seres humanos se revelan como seres únicos e irreemplazables mediante la acción y el discurso compartido. La pluralidad no es un obstáculo para la política sino su condición de posibilidad.
  • Ortega y Gasset conecta con Aristóteles en la idea de que el ser humano es esencialmente un ser social e histórico que no puede entenderse fuera de sus circunstancias. Su concepto de razón vital tiene claras afinidades con el empirismo político aristotélico y con su rechazo de los modelos ideales abstractos.

 

Texto

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 4-6; Libro X, 6-8.

Libro II. Capítulo IV. Explicación del principio, según el que se hace uno virtuoso ejecutando actos de virtud

Podría preguntarse qué es lo que entendemos cuando decimos que para ser justo es preciso practicar la virtud, y para ser templado practicar la templanza; porque si se hacen actos justos, actos de templanza, es porque ya es uno justo y templado, lo mismo que si se aplican las reglas de la gramática y de la música, es porque ya es uno gramático o músico anteriormente.
¿Pero no es más exacto decir, que no es así, ni aun respecto de las artes vulgares? ¿No es posible, por ejemplo, hacer una cosa muy correcta en gramática por casualidad o con auxilio extraño o por sugestiones de otro? Pero no será uno verdaderamente gramático, si lo que hace en gramática no lo hace gramaticalmente, es decir, según las leyes de la gramática que sabe y que él mismo posee. Hay además una diferencia, que conviene señalar, entre las virtudes y las artes. Las cosas que producen las artes llevan la perfección que les es propia en sí mismas, y basta por consiguiente que aparezcan de una cierta manera. Pero los actos que producen las virtudes no son justos ni moderados únicamente porque aparezcan de una cierta manera, sino que es preciso además que el que obra se halle en cierta disposición moral en el momento mismo de obrar. La primera condición es que sepa lo que hace; la segunda, que lo quiera así mediante una elección reflexiva y que quiera los actos que produce a causa de los actos mismos; y, en fin, es la tercera que al obrar lo haga con resolución firme e inquebrantable de no obrar jamás de otra manera. En las otras artes, no se tienen en cuenta todas estas condiciones; basta saber lo que se hace. Por lo contrario, respecto de las virtudes, el saber es punto de poca importancia, y si se quiere, de ninguna; mientras que las otras dos condiciones son de una importancia absoluta; porque las virtudes sólo se conquistan mediante la constante repetición de actos de justicia, de templanza.
Y así pueden llamarse justos y templados los actos cuando son de tal naturaleza que un hombre templado y justo pueda ejecutarlos. Pero el hombre templado y justo no es simplemente el que los ejecuta, sino el que los ejecuta como lo hacen los hombres verdaderamente justos y templados. Razón ha habido, pues, para decir que se hace justo el hombre ejecutando acciones justas, templado ejecutando acciones de templanza; y que, si no se practican actos de este género, es imposible que nadie llegue nunca a ser virtuoso. Pero el común de las gentes no practican estas acciones; y pagándose de vanas palabras creen crear una filosofía y se imaginan que por este método adquieren una verdadera virtud. Esto es poco más o menos lo mismo que hacen los enfermos que escuchan muy atentos a los médicos, pero que no hacen nada de lo que los mismos les ordenan; y así como los unos no pueden tener el cuerpo sano, cuidándose de esta manera; lo mismo los otros no tendrán jamás muy sana su alma, filosofando de esta suerte.

Libro II. Capítulo V. Teoría general de la virtud

Una vez fijados todos estos puntos indicaremos lo que es la virtud. Como en el alma no hay más que tres elementos: las pasiones o afecciones, las facultades y las cualidades adquiridas o hábitos, es preciso que la virtud sea una de estas tres cosas.
Llamo pasiones o afecciones al deseo, a la cólera, al temor, al atrevimiento, a la envidia, a la alegría, a la amistad, al odio, al pesar, a los celos, a la compasión; en una palabra, a todos los sentimientos que llevan consigo dolor o placer. Llamo facultades a las potencias que hacen que se diga de nosotros, que somos capaces de experimentar estas pasiones; por ejemplo, de encolerizarnos, de afligirnos, de apiadarnos. En fin, entiendo por cualidad adquirida o hábito la disposición moral, buena o mala, en que estamos para sentir todas estas pasiones. Así, por ejemplo, en la pasión de la cólera, si la sentimos demasiado viva o demasiado muerta, es una disposición mala; si la sentimos en una debida proporción, es una disposición que se tiene por buena. La misma observación se puede hacer respecto a todas las demás pasiones.
De aquí se sigue que ni las virtudes ni los vicios, hablando propiamente, son pasiones. Por de pronto y en realidad no se nos llama buenos o malos en vista de nuestras pasiones, sino teniendo en cuenta nuestras virtudes y nuestros vicios. En segundo lugar, al hombre no se le alaba ni se le censura a causa de las pasiones que tiene; así que no se alaba ni se censura al que en general tiene miedo o se encoleriza, sino que sólo es censurado el que experimenta estos sentimientos de cierta manera; y, por el contrario, en razón de los vicios y virtudes que descubrimos, somos directamente alabados o censurados. Además, los sentimientos de cólera y de temor no dependen de nuestra elección y de nuestra voluntad, mientras que las virtudes son voliciones muy reflexivas, o por lo menos, no existen sin la acción de nuestra voluntad y siendo objeto de nuestra preferencia. Añadamos también que respecto de las pasiones debe decirse que somos por ellas conmovidos, mientras que respecto de las virtudes y de los vicios no se dice que experimentamos emoción alguna; y sí sólo que tenemos una cierta disposición moral.
Por estas mismas razones las virtudes no son tampoco simples facultades; porque no se dice de nosotros que seamos virtuosos o malos sólo porque tengamos la facultad de experimentar afecciones, así como no es este motivo suficiente para que se nos alabe o se nos censure. Además, la naturaleza es la que nos da la facultad, la posibilidad de ser buenos o viciosos; pero no es ella la causa de que nos hagamos lo uno o lo otro, como acabamos de ver.
Concluyamos, pues, diciendo, que si las virtudes no son pasiones ni facultades no pueden ser sino hábitos o cualidades; y todo esto nos prueba claramente lo que es la virtud, generalmente hablando.

Libro II. VI. La naturaleza de la virtud

Es preciso no contentarse con decir, como hemos hecho hasta ahora, que la virtud es un hábito o manera de ser, sino que es preciso decir también en forma específica cuál es esta manera de ser.
Comencemos por sentar, que toda virtud es, respecto a la cosa sobre que recae, lo que completa la buena disposición de la misma y le asegura la ejecución perfecta de la obra que le es propia. Así, por ejemplo, la virtud del ojo hace que el ojo sea bueno, y que realice como debe su función; porque gracias a la virtud del ojo se ve bien. La misma observación, si se quiere, tiene lugar con la virtud del caballo; ella es la que le hace buen caballo, a propósito para la carrera, para conducir al jinete y para sostener el choque de los enemigos. Si sucede así en todas las cosas, la virtud en el hombre será esta manera de ser moral, que hace de él un hombre bueno, un hombre de bien, y gracias a la cual sabrá realizar la obra que le es propia.
Ya hemos dicho cómo el hombre puede conseguir esto; pero nuestro pensamiento se hará más evidente aún, cuando hayamos visto cuál es la verdadera naturaleza de la virtud.
En toda cantidad continua y divisible, pueden distinguirse tres cosas: primero el más; después el menos, y en fin, lo igual; y estas distinciones pueden hacerse o con relación al objeto mismo, o con relación a nosotros. Lo igual es una especie de término intermedio entre el exceso y el defecto, entre lo más y lo menos. El medio, cuando se trata de una cosa, es el punto que se encuentra a igual distancia de las dos extremidades, el cual es uno y el mismo en todos los casos. Pero cuando se trata del hombre, cuando se trata de nosotros, el medio es lo que no peca, ni por exceso, ni por defecto; y esta medida igual está muy distante de ser una ni la misma para todos los hombres.
Veamos un ejemplo: suponiendo que el número diez represente una cantidad grande, y el número dos una muy pequeña, el seis será el término medio con relación a la cosa que se mide; porque seis excede al dos en una suma igual a la que le excede a él el número diez. Este es el verdadero medio según la proporción que demuestra la aritmética, es decir, el número. Pero no es este ciertamente el camino que debe tomarse para buscar el medio tratándose de nosotros. En efecto, porque para tal hombre diez libras de alimento sean demasiado y dos libras muy poco, no es razón para que un médico prescriba a todo el mundo seis libras de alimento, porque seis libras para el que haya de tomarlas, pueden ser una alimentación enorme o una alimentación insuficiente. Para Milón es demasiado poco; por lo contrario, es mucho para el que empieza a trabajar en la gimnástica. Lo que aquí se dice de alimentos, puede decirse igualmente de las fatigas de la carrera y de la lucha. Y así, todo hombre instruido y racional se esforzará en evitar los excesos de todo género, sean en más, sean en menos; sólo debe buscar el justo medio y preferirle a los extremos. Pero aquel no es simplemente el medio de la cosa misma, es el medio con relación a nosotros.
Gracias a esta prudente moderación, toda ciencia llena perfectamente su objeto propio, no perdiendo jamás de vista este medio, y reduciendo todas sus obras a este punto único. He aquí por qué se dice muchas veces cuando se habla de las obras bien hechas y se las quiere alabar, que nada se las puede añadir ni quitar; como dando a entender, que así como el exceso y el defecto destruirían la perfección, sólo el justo medio puede asegurarla. Este es el fin, lo repetimos, a que se dirigen siempre los esfuerzos de los buenos artistas en sus obras; y la virtud que es mil veces más precisa y mil veces mejor que ningún arte, se fija constantemente como la naturaleza misma en este medio perfecto.
Hablo aquí de la virtud moral; porque ella es la que concierne a las pasiones y a los actos del hombre, y en nuestros actos y en nuestras pasiones es donde se dan, ya el exceso, ya el defecto, ya el justo medio. Así, por ejemplo, en los sentimientos de miedo y de audacia, de deseo y de aversión, de cólera y de compasión, en una palabra, en los sentimientos de placer y dolor se dan el más y el menos; y ninguno de estos sentimientos opuestos son buenos. Pero saber ponerlos a prueba como conviene, según las circunstancias, según las cosas, según las personas, según la causa, y saber conservar en ellas la verdadera medida, este es el medio, esta es la perfección que sólo se encuentra en la virtud.
Con los actos sucede absolutamente lo mismo que con las pasiones: pueden pecar por exceso o por defecto, o encontrar un justo medio. Ahora bien, la virtud se manifiesta en las pasiones y en los actos; y para las pasiones y los actos el exceso en más es una falta; el exceso en menos es igualmente reprensible; el medio únicamente es digno de alabanza, porque el sólo está en la exacta y debida medida; y estas dos condiciones constituyen el privilegio de la virtud. Y así, la virtud es una especie de medio, puesto que el medio es el fin que ella busca sin cesar.
Además, puede uno conducirse mal de mil maneras diferentes; porque el mal pertenece a lo infinito, como oportunamente lo han representado los pitagóricos; pero el bien pertenece a lo finito, puesto que no puede uno conducirse bien sino de una sola manera. He aquí cómo el mal es tan fácil y el bien, por lo contrario, tan difícil; porque, en efecto, es fácil no lograr una cosa, y difícil conseguirla. He aquí también, por qué el exceso y el defecto pertenecen juntos al vicio; mientras que sólo el medio pertenece a la virtud: «Es uno bueno por un sólo camino; malo, por mil».
Por lo tanto, la virtud es un hábito, una cualidad que depende de nuestra voluntad, consistiendo en este medio que hace relación a nosotros, y que está regulado por la razón en la forma que lo regularía el hombre verdaderamente sabio. La virtud es un medio entre dos vicios, que pecan, uno por exceso, otro por defecto; y como los vicios consisten en que los unos traspasan la medida que es preciso guardar, y los otros permanecen por bajo de esta medida, ya respecto de nuestras acciones, ya respecto de nuestros sentimientos, la virtud consiste, por lo contrario, en encontrar el medio para los unos y para los otros, y mantenerse en él dándole la preferencia.
He aquí por qué la virtud, tomada en su esencia y bajo el punto de vista de la definición que expresa lo que ella es, debe mirársela como un medio. Pero con relación a la perfección y al bien, la virtud es un extremo y una cúspide.
Por lo demás, es preciso decir, que ni todas las acciones, ni todas las pasiones son indistintamente susceptibles de este medio. Hay tal acción, tal pasión, que con sólo pronunciar su nombre, aparece la idea de mal y de vicio: como por ejemplo, la malevolencia o tendencia a regocijarse del mal de otro, la impudencia, la envidia; y en punto a acciones, el adulterio, el robo, el asesinato; porque todas estas cosas y las parecidas a ellas son declaradas malas y criminales únicamente a causa del carácter horrible que ofrecen; y no por su exceso, ni por su defecto. Respecto de estas cosas, por tanto, nunca hay medio de obrar bien; sólo es posible la falta. En los casos de este género indagar lo que es bien y lo que no es bien, es cosa inconcebible; como, por ejemplo, en el adulterio, averiguar si ha sido cometido con tal mujer, en tales circunstancias, de tal manera; porque hacer cualquiera de estas cosas es, absolutamente hablando, cometer un crimen. Es como si uno imaginara que en la iniquidad, en la cobardía, en la embriaguez, podía haber un medio, un exceso y un defecto; porque entonces sería preciso que hubiese un medio de exceso y de defecto, y un exceso de exceso, y un defecto de defecto. Pero así como no hay exceso ni defecto para el valor y para la templanza, porque en ellos el medio es, en cierta manera, un extremo; en igual forma no hay para estos actos culpables, ni medio, ni exceso, ni defecto; sino que de cualquier manera que se tome, siempre es criminal el que los cometa; porque no es posible que haya un medio, ni para el exceso, ni para el defecto, como no puede haber ni exceso ni defecto para el medio.

Libro X. Capítulo VI. Rápida recapitulación de la teoría de la felicidad

Después de haber estudiado las diversas especies de virtudes, de amistades y de placeres, sólo falta que tracemos un rápido bosquejo de la felicidad, puesto que reconocemos que es el fin de todos los actos del hombre. Recapitulando lo que hemos dicho podremos abreviar nuestro trabajo.
Hemos sentado que la felicidad no es una simple manera de ser puramente pasiva; porque entonces la encontraríamos en el hombre que pasase durmiendo toda la vida, viviendo la vida vegetativa de una planta y experimentando las mayores desgracias. Si esta idea de felicidad es inaceptable es preciso suponerla más bien en un acto de cierta especie, como he hecho ver anteriormente. Pero entre los actos hay unos que son necesarios y hay otros que pueden ser objeto de una libre elección, ya en vista de otros objetos, ya en vista de ellos mismos. Es harto claro que es preciso colocar la felicidad entre los actos que se eligen y que se desean por sí mismos, y no entre los que se buscan en vista de otros. La felicidad no debe tener necesidad de otra cosa y debe bastarse a sí misma por completo. Los actos apetecibles en sí son aquellos en que no hay nada que buscar más allá del acto mismo; y, en mi opinión, estos son los actos conformes a la virtud, porque hacer cosas buenas y bellas constituye precisamente uno de los actos que se deben buscar por sí mismos.
Entre la clase de cosas apetecibles por sí mismas pueden incluirse también las simples diversiones; porque en general sólo se las busca por sí mismas, por divertirse y nada más. Pero muchas veces estas diversiones nos perjudican más que nos aprovechan, si por ellas abandonamos el cuidado de nuestra salud y el de nuestra fortuna. Y esto, no obstante, la mayor parte de los hombres, cuya felicidad es objeto de envidia, sólo piensan en entregarse a estas diversiones. También se observa que los tiranos hacen gran aprecio de los que gustan mucho de esta clase de placeres; porque los aduladores se muestran complacientes en todas las cosas que los tiranos desean y los tiranos a su vez tienen necesidad de gentes que los adulen.
El vulgo se imagina que estas diversiones son una parte de la felicidad, porque los que ocupan el poder son los primeros a perder el tiempo en ellas; pero la vida de estos hombres no puede servir de ejemplo ni de prueba. La virtud y la inteligencia, origen único de todas las acciones buenas, no son las compañeras obligadas del poder; y el que semejantes gentes, incapaces como son de gustar un placer delicado y verdaderamente libre, se entreguen a los placeres del cuerpo, su único refugio, no es razón para que nosotros tengamos estos placeres groseros por los más apetecibles. También los niños creen que aquello que más aprecian es lo más precioso que existe en el mundo. Pero es cosa bien clara que lo mismo que los hombres formales y los niños dan su estimación a cosas muy diferentes, así también los malos y los buenos la dan a cosas enteramente opuestas. Lo repito aunque ya lo haya dicho muchas veces: las cosas verdaderamente buenas y dignas de ser amadas son las que tienen este carácter a los ojos del hombre virtuoso; y como para cada individuo el acto que merece su preferencia es el que es conforme a su propia manera de ser, el acto para el hombre virtuoso es el acto conforme a la virtud.
La felicidad no consiste en divertirse; sería un absurdo que la diversión fuera el fin de la vida; sería también absurdo trabajar y sufrir durante toda la vida sin otra mira que la de divertirse. Puede decirse realmente de todas las cosas del mundo que sólo se las desea en vista de otra cosa excepto, sin embargo, la felicidad, porque ella es en sí misma fin. Pero esforzarse y trabajar, repito, únicamente para conseguir el divertirse, es una idea insensata y sobrado pueril. Según Anacarsis, es preciso divertirse para dedicarse después a asuntos serios, y tiene mucha razón. La diversión es una especie de reposo y, como no se puede trabajar sin descanso, el ocio es una necesidad. Pero este ocio ciertamente no es el fin de la vida; porque sólo tiene lugar en vista del acto que se ha de realizar más tarde.
La vida dichosa es la vida conforme a la virtud; y esta vida es seria y laboriosa; no la constituyen las vanas diversiones. Las cosas serias están en general muy por encima de las gracias y de las burlas; y el acto de la mejor parte de nosotros, o de lo mejor del hombre, se considera siempre como el acto más serio. Ahora bien, el acto de lo mejor vale más por lo mismo que es el mejor y proporciona más felicidad. El ser más rebajado o un esclavo pueden gozar de los bienes del cuerpo como el más distinguido de los hombres. Sin embargo, no puede reconocerse la felicidad en un ser envilecido por la esclavitud, sino es en la forma que se reconoce en el la vida. La felicidad no consiste en estos miserables pasatiempos; consiste en los actos que son conformes a la virtud, como se ha dicho anteriormente.

Libro X. Capítulo VI. Continuación de la recapitulación de las teorías sobre la felicidad

Si la felicidad sólo consiste en el acto que es conforme con la virtud es natural que este acto sea conforme con la virtud más elevada, es decir, la virtud de la parte mejor de nuestro ser. Y ya sea esta el entendimiento u otra parte que, según las leyes de la naturaleza, parezca hecha para mandar y dirigir y para tener conocimiento de las cosas verdaderamente bellas y divinas; o ya sea algo divino que hay en nosotros, o por lo menos lo que haya más divino en todo lo que existe en el interior del hombre, siempre resulta que el acto de esta parte conforme a su virtud propia debe ser la felicidad perfecta; y ya hemos dicho que este acto es el del pensamiento y de la contemplación.
Esta teoría concuerda exactamente con los principios que anteriormente hemos sentado y con la verdad. Por lo pronto este acto es sin contradicción el mejor acto, puesto que el entendimiento es lo más precioso que existe en nosotros y la cosa más preciosa entre todas las que son accesibles al conocimiento del entendimiento mismo. Además, este acto es aquel cuya continuidad podemos sostener mejor; porque podemos pensar por muchísimo más tiempo que podemos hacer ninguna otra cosa, cualquiera que ella sea.
Por otra parte, creemos que el placer debe mezclarse con la felicidad; y de todos los actos que son conformes con la virtud, el que nos encanta y nos agrada más, según opinión de todo el mundo, es el ejercicio de la sabiduría y de la ciencia. Los placeres que proporciona la filosofía son al parecer admirables por su pureza y por su certidumbre; y esta es la causa por qué procura mil veces más felicidad el saber que el buscar la ciencia. Esta independencia, de que tanto se habla, se encuentra principalmente en la vida intelectual y contemplativa.
Sin duda el sabio tiene necesidad de las cosas indispensables para la existencia, como la tiene el hombre justo y como la tienen los demás hombres, pero partiendo del supuesto de que todos tengan igualmente satisfecha esta primera necesidad, el justo necesita además de gentes para ejercitar en ellas y por ellas su justicia. En el mismo caso están el hombre templado, el valiente y todos los demás, puesto que necesitan estar en relación con otros hombres. El sabio, el verdadero sabio, puede, aun estando sólo consigo mismo, entregarse al estudio y a la contemplación; y cuanto más sabio sea más se entrega a el. No quiero decir que no le viniera bien tener colaboradores; pero no por eso deja de ser el sabio el más independiente de los hombres y el más capaz de bastarse a sí mismo.
Y aún puede añadirse, que esta vida del pensamiento es la única que se ama por sí misma; porque de esta vida no resulta otra cosa que la ciencia y la contemplación, mientras que en todas aquellas en que es necesario obrar, se va siempre en busca de un resultado que es más o menos extraño a la acción.
También se puede sostener que la felicidad consiste en el reposo y la tranquilidad; no se trabaja sino para llegar a descansar, como se hace la guerra para obtener la paz. Ahora bien; todas las virtudes prácticas tienen lugar y se ejercitan en la política o en la guerra; pero los actos que ellas exigen al parecer no dejan al hombre ni un instante de tregua, especialmente los de la guerra, en la que el reposo es cosa absolutamente desconocida. Y así nadie quiere la guerra ni la prepara por la guerra misma. Sería preciso ser un verdadero asesino para convertir en enemigos a sus amigos, y provocar por capricho combates y matanzas. En cuanto a la vida del hombre político, es tan poco tranquila como la del hombre de guerra. Además de la dirección de los negocios del Estado, es preciso que se ocupe incesantemente en conquistar el poder y los honores, o por lo menos en asegurar su felicidad personal y la de sus conciudadanos individualmente; porque esta felicidad es muy diferente, casi no es menester decirlo, de la felicidad general de la sociedad, y en nuestras indagaciones hemos procurado distinguirlas cuidadosamente.
Así, pues, entre los actos conformes con la virtud, los de la política y la guerra podrán superar a los demás en brillantez e importancia; pero tienen lugar en medio de la agitación y se llevan a cabo en vista de un fin extraño, pues no se los busca por sí mismos. Por el contrario, el acto del pensamiento y del entendimiento, siendo como es contemplativo, supone una aplicación mucho más seria; no tiene otro fin que él mismo, y lleva consigo el placer que le es exclusivamente propio y que se ve aumentado por la intensidad de la acción. Por lo tanto, así la independencia que se basta a sí misma, como la tranquilidad y la calma, toda la que el hombre puede disfrutar, y todas las ventajas análogas que se atribuyen de ordinario a la felicidad, todas estas cosas se encuentran en el acto del pensamiento contemplativo. Sólo esta vida es la que ciertamente constituye la felicidad perfecta del hombre, con tal que, añado yo, sea tan extensa como la vida; porque ninguna de las condiciones que se refieren a la felicidad puede ser incompleta.
Quizá esta vida tan digna sea superior a las fuerzas del hombre, o por lo menos si puede el hombre vivir de esta suerte, no es como hombre, sino en tanto que hay en él un algo divino. Y tanto cuanto este principio divino está por encima del compuesto a que él está unido, otro tanto el acto de este principio es superior a cualquier otro acto, sea el que quiera, conforme a la virtud.
Pero si el entendimiento es algo divino con relación al resto del hombre, la vida propia del entendimiento es una vida divina con relación a la vida ordinaria de la humanidad. Por lo tanto no hay que dar oídas a los que aconsejan al hombre que piense tan sólo en las cosas humanas, y al ser mortal que sólo piense en las cosas que son mortales como él. Lejos de esto, es preciso que el hombre se inmortalice tanto cuanto sea posible; y que haga un esfuerzo por vivir conforme al principio más noble de todos los que le constituyen. Aunque este principio no es nada, si se considera el pequeño espacio que ocupa, no por eso deja de ser infinitamente superior a todo lo demás del hombre en poder y en dignidad. En mi opinión, él es el que nos constituye a cada uno de nosotros y forma de cada cual un individuo, puesto que es la parte dominante y superior; y sería un absurdo en el hombre no adoptar su propia vida e ir a adoptar en cierta manera la de otro. El principio que antes dejamos sentado concuerda perfectamente con lo que decimos aquí: lo que es propio de un ser y conforme con su naturaleza está por encima de todo lo mejor y lo más agradable para él. Ahora bien; lo más propio del hombre es la vida del entendimiento, puesto que el entendimiento es verdaderamente todo el hombre; y por consiguiente, la vida del entendimiento es también la vida más dichosa a que el hombre puede aspirar.

Libro X. Capítulo VI. Superioridad de la felicidad intelectual

La vida, que puede colocarse en segunda línea después de esta superior, es la que conforma con cualquiera otra virtud que no sean la sabiduría y la ciencia; porque los actos, que se refieren a nuestras facultades secundarias, son actos puramente humanos. De esta manera hacemos actos de justicia y de valor, practicamos otras virtudes en el comercio ordinario de la vida, cambiamos con nuestros semejantes mutuos servicios, y sostenemos con ellos relaciones de mil géneros, así como, en materia de sentimientos, procuramos dar a cada uno lo que le es debido; pero todos estos actos no salen de la esfera humana. Hay algunos que sólo afectan a cualidades del cuerpo; y en muchos casos la virtud moral del corazón se liga estrechamente a las pasiones. Por lo demás, la prudencia se une muy bien igualmente con la virtud moral, así como esta virtud se liga recíprocamente con la prudencia, porque los principios de la prudencia se relacionan íntimamente con las virtudes morales, y la regla de estas virtudes se encuentra completamente conforme con las de la prudencia. Pero las virtudes morales, como están entremezcladas con las pasiones, afectan, a decir verdad, al compuesto que constituye el hombre. Las virtudes del compuesto son simplemente humanas; por consiguiente, la vida, que practica estas virtudes, y la felicidad, que estas virtudes proporcionan, son puramente humanas. En cuanto a la felicidad de la inteligencia, esta está completamente aparte. Pero no quiero volver a tocar este punto, porque ir más lejos y precisar pormenores, sería traspasar el fin que nos hemos propuesto.
Añádase solamente, que la felicidad de la inteligencia no exige casi bienes exteriores, o más bien que los necesita mucho menos que la felicidad que resulta de la virtud moral. Las cosas absolutamente necesarias a la vida son condiciones indispensables para ambas, y en este punto están en una misma línea. Sin duda el hombre, que se consagra a la vida civil y política, tiene que ocuparse más del cuerpo y de todo lo que al cuerpo se refiere; sin embargo, sobre este punto hay siempre muy poca diferencia. Por lo contrario, con respecto a los actos, la diferencia es enorme. Así el hombre liberal y generoso tendrá necesidad de cierto grado de fortuna para ejercer su liberalidad; y el hombre justo no advertirá menos la necesidad de ella para corresponder dignamente a los demás en razón de lo que ha recibido; porque las intenciones no se ven y los hombres inicuos fingen con facilidad tener la intención de ser justos. El hombre de valor, por su parte, tiene también necesidad de un cierto poder, para realizar los actos conformes a la virtud que le distingue. El mismo hombre templado tiene necesidad de algún bienestar, porque si no tuviera medios de satisfacer sus necesidades, ¿cómo podría saber si era templado o si era otra cosa? Una cuestión que importa resolver es si el punto capital en la virtud es la intención o es el acto, pudiendo la virtud encontrarse a la vez en los actos y en la intención. En mi opinión, evidentemente no hay virtud completa si no aparecen reunidas ambas condiciones. Mas para las acciones se necesitan muchas cosas; y cuanto más bellas y grandes son, tanto más las necesitan.
Por lo contrario, cuando se trata de la felicidad que proporcionan la inteligencia y la reflexión, no hay necesidad, en razón del acto del que se entrega a ella, de todo esto; y hasta puede decirse que serian otros tantos obstáculos, por lo menos respecto a la contemplación y al pensamiento. Pero como en tanto que hombre y en tanto que se vive con los demás se siente uno inclinado a practicar la virtud, habrá necesidad precisamente de todos estos recursos materiales, para desempeñar el papel de hombre en la sociedad.
He aquí otra prueba de que la perfecta felicidad es un acto de pura contemplación. Suponemos siempre como incontestable, que los dioses son los más dichosos y los más afortunados de todos los seres. Pues bien; ¿qué actos pueden propiamente atribuirse a los dioses? ¿Es la justicia? ¿Y no nos formaríamos una idea bien ridícula de los dioses, si creyéramos que entre ellos se llevan a cabo convenios y se restituyen depósitos, y que mantienen otras mil relaciones de este género? ¿Se les puede tampoco atribuir actos de valor, el desprecio de los peligros, la constancia en afrontarlos, haciéndolo sólo por exigirlo el honor? ¿O acaso les atribuiremos actos de liberalidad? Pero en este caso, ¿a quién habrían de hacer sus donativos? Y entonces, sería preciso incurrir en el absurdo de suponer que se valen de la moneda y de otros expedientes del mismo género. Por otra parte, si son templados, ¿cuál es el mérito que en ello contraen? ¿No será una alabanza grosera decir que no tienen pasiones vergonzosas? Si se recorren al por menor todas las acciones que el hombre puede ejecutar, son todas verdaderamente bien mezquinas para atribuirlas a los dioses, y completamente indignas de su majestad. Sin embargo, el mundo entero cree en su existencia; por consiguiente se cree también que obran, porque al parecer no duermen siempre como Endimión. Pero si en el ser vivo se suprime la idea del obrar, y con más razón la idea de hacer algún acto exterior, ¿qué otra cosa le queda más que la contemplación? Así, pues, el acto de Dios, que supera en felicidad a todos los demás, es puramente contemplativo; y de los actos humanos el que se aproxima más íntimamente a este es también el acto que proporciona mayor grado de felicidad.
Añádase aún otra consideración, y es que el resto de los animales no participan de la felicidad, porque son absolutamente incapaces de este acto de que están privados. La existencia en los dioses es toda dichosa; en cuanto a los hombres sólo es dichosa en cuanto es una imitación de este acto divino; y para los demás animales, ni uno solo es partícipe de la felicidad, porque ninguno participa de esta facultad del pensamiento y de la contemplación. Tan lejos como va la contemplación, otro tanto avanza la felicidad; y los seres más capaces de reflexionar y de contemplar son igualmente los más dichosos, no indirectamente, sino por efecto de la contemplación misma, que tiene en sí un precio infinito; y en fin, en conclusión, la felicidad puede ser considerada como una especie de contemplación.

 

Aristóteles, Política, Libro I, 1-3.

Libro I. Capítulo I. Origen del Estado y de la sociedad

1) Todo Estado es evidentemente una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser bueno. Es claro, por lo tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política.

No han tenido razón, pues, los autores para afirmar que los caracteres de rey, magistrado, padre de familia y dueño se confunden. Esto equivale a suponer, que toda la diferencia entre estos no consiste sino en el más y el menos, sin ser específica; que un pequeño número de administrados constituiría el dueño, un número mayor el padre de familia, uno más grande el magistrado o el rey; es suponer, en fin, que una gran familia es en absoluto un pequeño Estado. Estos autores añaden, por lo que hace al magistrado y al rey, que el poder del uno es personal e independiente, y que el otro es en parte jefe y en parte súbdito, sirviéndose de las definiciones mismas de su pretendida ciencia.
Toda esta teoría es falsa; y bastará, para convencerse de ello, adoptar en este estudio nuestro método habitual. Aquí, como en los demás casos, conviene reducir lo compuesto a sus elementos indescomponibles, es decir, a las más pequeñas partes del conjunto. Indagando así cuáles son los elementos constitutivos del Estado, reconoceremos mejor en qué difieren estos elementos, y veremos si se pueden sentar algunos principios científicos para resolver las cuestiones de que acabamos de hablar.
2) En esto, como en todo, remontarse al origen de las cosas y seguir atentamente su desenvolvimiento es el camino más seguro para la observación. Por lo pronto es obra de la necesidad la aproximación de dos seres que no pueden nada el uno sin el otro: me refiero a la unión de los sexos para la reproducción. Y en esto no hay nada de arbitrario, porque lo mismo en el hombre que en todos los demás animales y en las plantas existe un deseo natural de querer dejar tras sí un ser formado a su imagen. La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte el interés del señor y el del esclavo se confunden.
La naturaleza ha fijado por consiguiente la condición especial de la mujer y la del esclavo. La naturaleza no es mezquina como nuestros artistas, y nada de lo que hace se parece a los cuchillos de Delfos fabricados por aquellos. En la naturaleza, un ser no tiene más que un solo destino, porque los instrumentos son más perfectos cuando sirven, no para muchos usos, sino para uno sólo. Entre los bárbaros la mujer y el esclavo están en una misma línea, y la razón es muy clara; la naturaleza no ha creado entre ellos un ser destinado a mandar, y realmente no cabe entre los mismos otra unión que la de esclavo con esclava, y los poetas no se engañan cuando dicen:
«Sí, el griego tiene derecho a mandar al bárbaro»,
puesto que la naturaleza ha querido que bárbaro y esclavo fuesen una misma cosa.
Estas dos primeras asociaciones, la del señor y el esclavo, la del esposo y la mujer, son las bases de la familia, y Hesíodo lo ha dicho muy bien en este verso:
«La casa, después la mujer y el buey arador»
porque el pobre no tiene otro esclavo que el buey. Así, pues, la asociación natural y permanente es la familia, y Carondas ha podido decir de los miembros que la componen «que comían a la misma mesa», y Epiménides de Creta «que se calentaban en el mismo hogar».
La primera asociación de muchas familias, pero formada en virtud de relaciones que no son cotidianas, es el pueblo, que justamente puede llamarse colonia natural de la familia, porque los individuos que componen el pueblo, como dicen algunos autores, «han mamado la leche de la familia», son sus hijos, «los hijos de sus hijos». Si los primeros Estados se han visto sometidos a reyes, y si las grandes naciones lo están aún hoy, es porque tales Estados se formaron con elementos habituados a la autoridad real, puesto que, en la familia, el de más edad es el verdadero rey, y las colonias de la familia han seguido filialmente el ejemplo que se les había dado. Por esto, Homero ha podido decir:
«Cada uno por separado gobierna como señor a sus mujeres y a sus hijos».
En su origen todas las familias aisladas se gobernaban de esta manera. De aquí la común opinión según la que están los dioses sometidos a un rey, porque todos los pueblos reconocieron en otro tiempo o reconocen aún hoy la autoridad real, y los hombres nunca han dejado de atribuir a los dioses sus propios hábitos, así como se los representaban a imagen suya.
La asociación de muchos pueblos forma un Estado completo que llega, si puede decirse así, a bastarse absolutamente a sí mismo, teniendo por origen las necesidades de la vida y debiendo su subsistencia al hecho de ser éstas satisfechas.
Así el Estado procede siempre de la naturaleza lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél; porque la naturaleza de una cosa es precisamente su fin y lo que es cada uno de los seres cuando ha alcanzado su completo desenvolvimiento se dice que es su naturaleza propia, ya se trate de un hombre, de un caballo o de una familia. Puede añadirse que este destino y este fin de los seres es para los mismos el primero de los bienes, y bastarse a sí mismo es a la vez un fin y una felicidad. De donde se concluye evidentemente que el Estado es un hecho natural, que el hombre es un ser naturalmente sociable y que el que vive fuera de la sociedad por organización y no por efecto del azar es, ciertamente, o un ser degradado o un ser superior a la especie humana; y a él pueden aplicarse aquellas palabras de Homero:
«Sin familia, sin leyes, sin hogar…».
El hombre, que fuese por naturaleza tal como lo pinta el poeta, sólo respiraría guerra, porque sería incapaz de unirse con nadie como sucede a las aves de rapiña.
Si el hombre es infinitamente más sociable que las abejas y que todos los demás animales que viven en grey es evidentemente, como he dicho muchas veces, porque la naturaleza no hace nada en vano. Pues bien, ella concede la palabra al hombre exclusivamente. Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y así no les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir estas dos afecciones y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido concedida para expresar el bien y el mal y, por consiguiente, lo justo y lo injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales: que sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto, y todos los sentimientos del mismo orden, cuya asociación constituye precisamente la familia y el Estado.
No puede ponerse en duda que el Estado está naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo, porque el todo es necesariamente superior a la parte, puesto que una vez destruido el todo, ya no hay partes, no hay pies, no hay manos, a no ser que por una pura analogía de palabras se diga una mano de piedra, porque la mano separada del cuerpo no es ya una mano real. Las cosas se definen en general por los actos que realizan y pueden realizar, y tan pronto como cesa su aptitud anterior, no puede decirse ya que sean las mismas; lo único que hay es que están comprendidas bajo un mismo nombre. Lo que prueba claramente la necesidad natural del Estado y su superioridad sobre el individuo es que si no se admitiera, resultaría que puede el individuo entonces bastarse a sí mismo aislado así del todo como del resto de las partes; pero aquel que no puede vivir en sociedad y que en medio de su independencia no tiene necesidades no puede ser nunca miembro del Estado; es un bruto o un dios.
La naturaleza arrastra pues instintivamente a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio, porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia. En efecto, nada hay más monstruoso que la injusticia armada. El hombre ha recibido de la naturaleza las armas de la sabiduría y de la virtud, que debe emplear sobre todo para combatir las malas pasiones. Sin la virtud es el ser más perverso y más feroz, porque sólo tiene los arrebatos brutales del amor y del hambre. La justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el derecho.
3) Ahora que conocemos de una manera positiva las partes diversas de que se compone el Estado, debemos ocuparnos ante todo del régimen económico de las familias, puesto que el Estado se compone siempre de familias. Los elementos de la economía doméstica son precisamente los de la familia misma, que, para ser completa, debe comprender esclavos y hombres libres. Pero como para darse razón de las cosas, es preciso ante todo someter a examen las partes más sencillas de las mismas, siendo las partes primitivas y simples de la familia el señor y el esclavo, el esposo y la mujer, el padre y los hijos, deberán estudiarse separadamente estos tres órdenes de individuos, para ver lo que es cada uno de ellos y lo que debe ser. Tenemos primero la autoridad del señor, después la autoridad conyugal, ya que la lengua griega no tiene palabra particular para expresar esta relación del hombre a la mujer; y, en fin, la generación de los hijos, idea para la que tampoco hay una palabra especial. A estos tres elementos, que acabamos de enumerar, podría añadirse un cuarto, que ciertos autores confunden con la administración doméstica, y que, según otros, es cuando menos un ramo muy importante de ella: la llamada adquisición de la propiedad que también nosotros estudiaremos.
Ocupémonos desde luego del señor y del esclavo, para conocer a fondo las relaciones necesarias que los unen, y ver al mismo tiempo si podemos descubrir en esta materia ideas que satisfagan más que las recibidas hoy día.
Se sostiene por una parte, que hay una ciencia, propia del señor, la cual se confunde con la del padre de familia, con la del magistrado y con la del rey, de que hemos hablado al principio. Otros, por lo contrario, pretenden que el poder del señor es contra naturaleza; que la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos; y que por último la esclavitud es inicua, puesto que es obra de la violencia.
Patricio de Azcárate, Obras de Aristóteles, Tomo I, Madrid, 1873.

Fragmentos del texto

Los siguientes fragmentos del texto deben ser impresos, analizados a mano siguiendo estas instrucciones, calificados primero por su autor/a y luego por un compañero/a siguiendo la rúbrica aportada y, finalmente, entregados al profesor para su revisión.

 

Ética a Nicómaco 1                Ética a Nicómaco 2

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