Disertación sobre la locura

 

Tema: ¿qué es la locura?

 

Otras cuestiones relevantes:

  • ¿cuáles son los límites de la razón?
  • ¿es la locura más útil que la razón?
  • ¿qué relación tiene la locura con la imaginación?
  • ¿puede la locura ser una fuente de disidencia sana?, ¿en qué casos?
  • ¿cómo podemos distinguir el delirio de la realidad?
  • ¿cómo sería considerado don Quijote en la actualidad?

 

Textos:

Sin duda, entre formas de la razón y formas de la locura son grandes las similitudes. E inquietantes: ¿cómo distinguir, en una acción sabia que ha sido cometida por un loco, y en la más insensata de las locuras, que es obra de un hombre ordinariamente sabio y comedido? «La sabiduría y la locura —dice Charron— son vecinas cercanas. No hay más que una media vuelta de la una a la otra. Eso se ve en las acciones de los hombres insensatos». Pero este parecido, aun si ha de confundir a las gentes razonables, sirve a la razón misma. Y al arrebatar en su movimiento a las mayores violencias de la locura, la razón llega, así, a sus fines más altos. Visitando a Tasso en su delirio, Montaigne siente aún más despecho que compasión; pero, en el fondo, más admiración que todo. Despecho, sin duda, al ver que la razón, allí donde puede alcanzar sus cumbres, está infinitamente cerca de la locura más profunda: «¿Quién no sabe cuán imperceptible es la vecindad entre la locura con las gallardas elevaciones de un espíritu libre, y los efectos de una virtud suprema y extraordinaria?» Pero hay allí objeto de una admiración paradójica. Un signo es que, de esta misma locura, la razón obtuviera sus recursos más extraños. Si Tasso, «uno de los poetas italianos más juiciosos, ingeniosos y formados al aire libre de esta poesía pura y antigua que jamás hayan sido», se encuentra ahora en «estado tan lamentable, sobreviviéndose a sí mismo», ¿no lo debe a «esta su vivacidad asesina, a esta claridad que lo ha cegado, a esta aprehensión exacta y tierna de la razón que le ha hecho perder la razón? ¿A la curiosa y laboriosa búsqueda de las ciencias que lo ha llevado al embrutecimiento? ¿A esta rara aptitud para los ejercicios del alma, que lo ha dejado sin ejercicio y sin alma?». Si la locura viene a sancionar el esfuerzo de la razón, es porque ya formaba parte de ese esfuerzo: la vivacidad de las imágenes, la violencia de la pasión, este gran retiro del espíritu en sí mismo, tan característicos de la locura, son los instrumentos más peligrosos de la razón, por ser los más agudos. No hay ninguna razón fuerte que no deba arriesgarse en la locura para llegar al término de su obra, «no hay espíritu grande sin mezcla de locura. En este sentido, los sabios y los poetas más audaces han aprobado la locura y el salirse de quicio de vez en cuando». La locura es un momento duro pero esencial en la labor de la razón; a través de ella, y aun en sus victorias aparentes, la razón se manifiesta y triunfa. La locura sólo era, para ella, su fuerza viva y secreta. Poco a poco, la locura se encuentra desarmada, y al mismo tiempo desplazada; investida por la razón, es como recibida y plantada en ella. Tal fue, pues, el papel ambiguo de este pensamiento escéptico, digamos, antes bien, de esta razón tan vivamente consciente de las formas que la limitan y de las fuerzas que la contradicen; descubre a la locura como una de sus propias figuras, lo que es una manera de conjurar todo lo que puede ser un poder exterior, hostilidad irreductible, signo de trascendencia, pero al mismo tiempo coloca a la locura en el centro de su propio trabajo, designándola como un momento esencial de su propia naturaleza. Y más allá de Montaigne y de Charron, pero en ese movimiento de inserción de la locura en la naturaleza misma de la razón, se ve dibujarse la curva de la reflexión de Pascal: «Los hombres son tan necesariamente locos que sería estar loco de alguna otra manera el no estar loco». Reflexión en la cual se recibe y se re-toma todo el largo trabajo que comienza con Erasmo: descubrimiento de una locura inmanente a la razón; luego, a partir de allí, desdoblamiento: por una parte, una «locura loca» que rechaza a esta locura propia de la razón y que, al rechazarla, la re-dobla, y en este redoblamiento cae en la más simple, la más cerrada, la más inmediata de las locuras; por otra parte una «locura sabia» que recibe a la locura de la razón, la escucha, reconoce sus derechos de ciudadana, y se deja penetrar por sus fuerzas vivas; pero al hacerlo se protege más realmente de la locura que la obstinación de un rechazo siempre vencido de antemano. Y es que ahora la verdad de la locura no es más que una y sola cosa con la victoria de la razón, y su definitivo vencimiento: pues la verdad de la locura es ser interior a la razón, ser una figura suya, una fuerza y como una necesidad momentánea para asegurarse mejor de sí misma. […]

En la obra de Shakespeare, encontramos las locuras emparentadas con la muerte y con el homicidio; en la de Cervantes, las formas que se ordenan hacia la presunción y todas las complacencias de lo imaginario. Pero son elevados modelos, y sus imitadores los moderan y desarman. Sin duda son ellos testigos, el español y el inglés, más bien de la locura trágica, nacida en el siglo XV, que de la experiencia crítica y moral de la Sinrazón que se desarrolla, con todo, en su propia época. Por encima de los tiempos, vuelven a encontrar un sentido que se halla a punto de desaparecer, sentido cuya continuidad ya no persistirá más que en la noche. Sin embargo, comparando su obra, y lo que ella sostiene, con las significaciones que encontramos en la obra de sus contemporáneos o imitadores, es como se podrá descifrar lo que sucede, a principios del siglo XVII, en la experiencia literaria de la locura. En la obra de Shakespeare y de Cervantes, la locura ocupa siempre un lugar extremo, ya que no tiene recursos. Nada puede devolverla a la verdad y a la razón. Solamente da al desgarramiento, que precede a la muerte. La locura, en sus vanas palabras, no es vanidad; el vacío que la invade es «un mal que se halla mucho más allá de mi práctica», como dice el médico hablando de Lady Macbeth; es ya la plenitud de la muerte: una locura que no necesita médico, sino la misericordia divina solamente. El suave gozo, que al final encuentra Ofelia, no es conciliable con ninguna felicidad; su canto insensato está tan cerca de lo esencial como el «grito de mujer» que anuncia por los corredores del castillo de Macbeth que «la reina ha muerto». Sin duda, la muerte de Don Quijote sucede en paisaje apacible, recobradas en el último instante la razón y la verdad. De golpe, la locura del caballero ha adquirido conciencia de sí misma, y ante sus propios ojos se convierte en tontería. Pero esta brusca sabiduría de su locura, ¿no es una nueva locura que acaba de penetrarle en la cabeza? Equívoco indefinidamente reversible que no puede ser decidido definitivamente más que por la muerte. La locura disipada se tiene que confundir con la inminencia del fin; e inclusive una de las señales por las cuales conjeturaron que el enfermo se moría, era el que hubiese vuelto tan fácilmente de la locura a la razón. Pero ni siquiera la muerte trae la paz: la locura triunfará aún, verdad irrisoriamente eterna, por encima del fin de una vida, que sin embargo se había liberado de la locura, en este mismo fin. Irónicamente la vida insensata del caballero lo persigue, y lo inmortaliza su demencia; la locura es la vida imperecedera de la muerte:

Yace aquí el Hidalgo fuerte

que a tanto extremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Pero muy pronto, la locura abandona esas regiones últimas donde Cervantes y Shakespeare la situaron; en la literatura de principios del siglo XVII, ocupa, de preferencia, un lugar intermedio; es más bien nudo que desenlace, más la peripecia que la inminencia última. Desalojada en la economía de las estructuras novelescas y dramáticas, permite la manifestación de la verdad y el regreso apacible de la razón.

Foucault, M. (1967). Historia de la locura en la época clásica I. FCE, pp. 28-29, 31.

 

Pero ya oigo croar otra vez a las ranas del Pórtico, esto es, los estoicos. “No hay mayor desgracia –dicen– que la locura. Ahora bien: la necedad declarada está muy cerca de la locura, o, mejor dicho, la necedad es la misma locura. Porque ¿qué otra cosa es la locura sino el extravío de la razón?” Mas los que así piensan incurren en un error crasísimo; por lo cual, con la ayuda de las Musas, voy a deshacer tal silogismo en un instante. Trátase, en efecto, de un argumento especioso; pero así como Sócrates, según dice Platón, enseñaba que en una Venus pueden verse dos Venus, y en un Cupido dos Cupidos, de la misma manera debieran estos dialécticos distinguir entre una y otra clase de locura, si es que quieren pasar por cuerdos. Porque no puede admitirse que toda locura sea funesta, pues de lo contrario, no hubiera escrito Horacio: “¿Soy juguete de una amable locura?”, ni Platón habría colocado entre las mayores excelencias de la vida la exaltación de los poetas, la de los adivinos y la de los amantes, ni la Sibila hubiese calificado de loca la empresa de Eneas. Hay, pues, realmente dos clases de locura. Una es la que las Furias vengadoras vomitan en los infiernos cuando lanzan sus serpientes para encender en el corazón de los mortales, ya el ardor de la guerra, ya la sed insaciable del oro, ya los amores criminales y vergonzosos, ya el parricidio, ya el incesto, ya el sacrilegio, ya cualquier otro designio depravado, o cuando, en fin, alumbran la conciencia del culpable con la terrible antorcha del remordimiento. Pero hay otra locura muy distinta que procede de mí, y que por todos es apetecida con la mayor ansiedad. Manifiéstase ordinariamente por cierto alegre extravío de la razón, que a un mismo tiempo libra al alma de angustiosos cuidados y la sumerge en un mar de delicias. Tal extravío es el que, como un gran favor de los dioses, pedía Cicerón en sus Cartas a Atico, a fin de perder la conciencia de sus muchas adversidades. […] cuando este género de locura es inclinada al deleite, como ocurre con frecuencia, reporta no menos regocijo a los que la tienen que a los que la presencian, sin ser estos tan locos como aquellos, pues siendo esta variedad de locura más general de lo que se cree, el loco ríese del loco, unos a otros se proporcionan recíproco solaz, y no es raro observar que el que lo es más se burla con mayores ganas del que lo es menos.

Erasmo de Roterdam, Elogio de la locura, cap. XXXVIII.

 

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